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Alberto insomne: ¿de dónde sacamos plata para seguir con la fiesta?

El tipo arengó a la victoria. Dijo que hay que pelearla porque todavía se puede. Y la verdad que los que compartían la mesa con él dudaron. Hasta que se sentó. "Es como si se hubiese derrumbado", contó un comensal que estaba al lado. ¿Cuál era la verdadera cara? ¿La pública, o la privada? ¿Qué es lo que sentía realmente?

Jorge Barroetaveña

Es lo que se preguntan miles de militantes de Cambiemos que siguen pensando que la elección de octubre se puede dar vuelta. Los casi 18 puntos de ventaja que sacó Alberto Fernández son como una daga que se clava antes de empezar cualquier análisis. Pasa que la pregunta del millón, Cambiemos no tiene mucho tiempo para hacerla, mejor dicho ya no lo tiene, quedó en la nebulosa. ¿Por qué perdieron? ¿Eran reales los números de los encuestadores o todos le pifiaron por malos o por hacer operaciones?

Lo cierto es que, un electorado que en el 2015 y 2017 le dio la derecha a Macri ahora lo abandonó para volver a los brazos del peronismo. Después debatimos cuál peronismo si el de Alberto, el de Cristina o el de los gobernadores. La verdad que eso no hace la fondo de la cuestión. El peronismo es un conglomerado de voces que ha demostrado una vez más que nació para el poder y hará todo lo que sea por retenerlo o para volver a él si lo ha perdido. Contra todos los pronósticos, el agua y el aceite se juntaron, perdonaron viejas cuitas y allá fueron a la victoria. Hubo, sin dudas, una subestimación del oficialismo a esa posibilidad. Una sobreestimación de la influencia de Cristina en una amplia franja del electorado y la creencia que, pese a todo, el voto del 2015 y el del 2017 se podría retener sin problemas.

Macri terminará su mandato, si es que la gente así lo decide el 27 de octubre, con el gusto amargo de no haber hecho lo que tenía hacer. Más allá de los costos que nunca se atrevió a pagar. Para sus detractores hizo lo que vino a hacer. Para sus críticos nuevos se quedó a mitad de camino sin apenas ensayar un esbozo del ‘verdadero’ cambio del que tanto habló.

Cambiemos se abraza a los que no votaron en las PASO, a los que dicen que querían darle un susto para que modificaran algunas cosas y al voto de otros candidatos ‘satélite’ como Espert o Gómez Centurión que tienen terror a la vuelta del kirchnerismo. Son números en el aire que, en política suelen darse muy de vez en cuando.

Este fin de semana en Mendoza podría haber un indicio claro. Tan claro como los intendentes de grandes urbes bonaerenses que reparten sólo su boleta, prescindiendo de Macri y de Vidal. El tembladeral de quedarse a la intemperie no es sólo patrimonio de la vieja política claro está.

María Eugenia Vidal, la política que mejor medía hasta hace unas semanas, prepara su ida como si fuera un velorio. Dicen que volverá a vivir con sus padres hasta que encuentre una casa o departamento, y que buscará construir un espacio propio, que no dependa ya de los desplantes de Marcos Peña o los humores de su mentor Mauricio Macri. Tampoco parece querer cargos públicos ni ejecutivos. Si es así deberá esperar dos años para las legislativas de 2021 y la chance de volver a través del Congreso de la Nación. Tiene un capital político a defender en Provincia con mucha gente que le responde. Será la piedra inicial de su reconstrucción para volver a ganar.

En Capital Rodríguez Larreta se defiende como gato entre la leña. No quiere saber nada con una segunda vuelta y la posibilidad de tener que enfrentar no sólo a Lammens sino a un Alberto victorioso que se pavonee por su territorio. De todas maneras es el único que parece a salvo de la ola que podría sobrevenir en octubre.

A esta altura el principal temor de Fernández es que estén jugando un partido que todavía no empezó. A sus íntimos no se cansa de repetirles que la elección todavía no se ganó y que hay que seguir juntando heridos. Está obsesionado con Córdoba donde no concibe la imparcialidad de Schiaretti. Va a seguir insistiendo para romperla. Cree también que el impulso podría llevar a forzar una segunda vuelta en la Ciudad Autónoma. ¿Ganar? Quizás no, pero es una carrera que quiere correr junto a Lammens.

Repartiendo a derecha e izquierda, Alberto sabe la ‘maromba’ que se le viene. El Fondo acaba de aclarar que la plata del último desembolso no se sabe si llegará, y mucho menos cuando. En un alto de su gira, reiteró que está dispuesto a negociar y que la Argentina no dejará de pagar. El dólar siguió subiendo despacito, tanto como la desconfianza sobre cómo se saldará la interna peronista. Es una carrera contra reloj. Alberto construyendo su propio poder y Cristina y el kirchnerismo agazapados esperando recuperar lo que les perteneció. ¿Deberá ponerles límite?

Ese será un debate político. Está el económico que urge y le golpeará la puerta a los dos minutos si llega a ser Presidente. Y ese sí que no espera. El peronismo se enfrenta a un desafío, insisto, si gana las elecciones, que pocas veces ha tenido: no hay plata. No hay financiamiento externo, no se le puede dar a la maquinita y la soja ya no vale como la década pasada. ¿De dónde va a salir la plata para seguir con la fiesta? Debe ser el interrogante que no deja dormir a Alberto o al que gane el 27 de octubre. Se llame como se llame.

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