Ante otro empleo político de la muerte
En un año electoral, y en virtud de la significación pública del fiscal Alberto Nisman, era previsible que su sospechosa muerte fuese objeto de manipulación interpretativa.Los usos del deceso del fiscal de la causa AMIA han venido siendo múltiples. Aunque se han instalado dos lecturas extremas y antagónicas: mientras para unos es un mártir de la República, una especie de santo civil, para otros es un opositor execrable cuya muerte fue provocada, para dañar al gobierno, por el mismo poder conspirativo al que servía.¿A qué se debe esta casi obscena utilización política del cadáver del fiscal, cuando éste todavía está caliente? O en otros términos, ¿por qué ante esta muerte dudosa no se impuso un silencio republicano, para dejar que la justicia investigue su causa?¿A qué se debe esta pulsión por determinar, con anticipación y sin pruebas judiciales, quién apretó el gatillo que le quitó la vida a Nisman o quién de última instigó su muerte (hipótesis del suicidio inducido)?Se ha hablado de típica "muerte política", dado que se trata de esas desapariciones que ponen en tensión al sistema político e institucional. Por lo demás, se trata del hombre que investigaba el peor atentado terrorista de la historia argentina y que acusó a la Presidenta y a su canciller de "encubrimiento".El punto es que la Argentina ya conoce estas historias. No es la primera vez que suceden muertes de carácter político-social y que son sometidas a un despiadado operativo de codificación simbólica.Los acontecimientos traumáticos, los eventos trágicos de este tipo se suelen someter a complejas construcciones hermenéuticas. Se trata de reelaboraciones semánticas, la mayoría de ellas interesadas, que pretenden transformarse en sentido común, es decir en definiciones mentales del hombre de la calle (cuya necesidad de sentido se satisface).En la lucha por definir el relato, entre los diversos intereses de poder en juego, la verdad de los hechos interesan menos que la interpretación pública que se haga de ellos.Si lo que importa es la hegemonía (poder), el control de la opinión pública, lo relevante no es lo que ocurrió en la realidad, sino lo que la mayoría de la gente piense o crea que ocurrió.Dentro de esta estrategia de reelaboración discursiva se instala el uso retórico de la muerte, que es vista como un insumo crítico en la lucha por el poder.En este sentido hay muertes heroicas y bellas y otras que son ominosas o malditas, depende del sentido sesgado de quien formule el juicio fúnebre o de su ideología.Acaso haya que postular que, salvo su familia y el círculo íntimo, ya nadie piensa en Nisman. Ya que su cadáver ha entrado en un campo público donde se dirime la disputa por la interpretación, espacio donde operan los mecanismos de construcción de un relato."No hay hechos, sólo interpretaciones", postuló Friedrich Nietzsche, dando a entender que lo que llamamos "verdad" es sólo una versión dominante de los hechos.Probablemente nunca se sepa qué le pasó realmente a Nisman y lo que diga la justicia argentina al respecto, en un país cuyos habitantes descreen de todo, seguramente estará sospechado.Lo que está claro es que este evento seguirá siendo objeto de intensa manipulación política. Y ésa, de última, parece ser la suerte de aquellas muertes dudosas de alto impacto social e institucional: la materia prima de una narrativa orientada a convencer al gran público.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

