¿Aprenden a pensar?
El diagnóstico unánime entre los expertos es que buena parte de los alumnos tiene dificultades para razonar. Con lo cual el pasaje por el sistema educativo formal no ha supuesto en ellos la adquisición de lo esencial.
“El problema es que los estudiantes no saben razonar, y eso sucede tanto en lengua como en matemáticas”, refiere Julia Seveso, que dio clases de matemáticas durante 50 años.
En diálogo con Crítica de la Argentina añadió: “Si los estudiantes precisan hacer una división, por ejemplo, no sólo no pueden hacerla mentalmente, tampoco si toman lápiz y papel es posible que la resuelven porque no aprendieron el mecanismo”.
“Las pruebas que se toman, tanto nacionales como locales, señalan que el principal problema de los chicos es que pueden resolver las cuentas, pero no solucionar problemas porque no entienden la lógica de esas cuentas”, asegura por su lado Silvina Gvirt, directora de Educación de la Universidad de San Andrés.
Es decir, aquí la repetición memorística reemplaza el acto de pensar, que básicamente es relación y comprensión. “La verdad es que no pueden pensar y esto es gravísimo: en lengua pasa lo mismo, los chicos decodifican pero no comprenden lo que leen”, advirtió Gvirt.
Es común, en este sentido, que jóvenes recién egresados de la secundaria se sientan abrumados cuando en la universidad le dan textos para estudiar. No sólo no tienen el hábito de la lectura. Muchos de ellos deletrean penosamente y no comprenden el sentido de las palabras.
Se supone que a los 18 años un alumno tiene habilidades lectoras básicas. Pero no: un gran número tiene serias deficiencias para decodificar una cuantas líneas, no importa su contenido.
No tienen siquiera la experiencia de alguna lectura provechosa, porque pese a haber estado varios años en el sistema educativo algunos ni siquiera recuerdan haber leído un libro completo.
La lectura es un hábito que se adquiere durante la infancia y la adolescencia. Y a decir verdad, a la vista de los resultados, ni la primaria ni la secundaria argentinas lo crean (un esfuerzo que de última descansa en la familia).
Leer un libro requiere esfuerzo intelectual. Es una tarea formativa por excelencia porque nos hace reflexivos y racionales, y nos enseña a escribir y a hablar. Se entiende, entonces, el porqué de la pobreza lingüística de tantos jóvenes.
La pregunta, a esta altura, parece obvia: si la escuela no enseña a pensar, ¿para qué sirve? Últimamente, se habla de su importancia como lugar de “contención” de los chicos y adolescentes, en una sociedad en crisis.
¿Cuál es el fin del sistema educativo, entonces? ¿En qué medida su función primaria pedagógica ha sido reemplazada por otro rol de carácter social, más ligado a “guardar” los alumnos?
En tanto, el sistema hoy sufre los embates de la informática. El acceso a la última información y la conexión con el mundo, ha instalado la idea, dentro de los muros del colegio, de que lo importante es estar “actualizado”.
Mientras no se explora lo que está en los libros, la Internet se presenta como la gran proveedora de información. Pero aprender a pensar no es una cuestión de cantidad y novedad de datos.
La clave siempre ha sido en cómo el pensamiento le da sentido y significado a todo eso. El problema no es la falta de datos: lo que falta en el aula son las operaciones básicas para razonar el mundo.
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