Argentina, el país del nunca jamás donde nadie nunca renuncia a nada
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La voracidad informativa suele dejar en el olvido muchas noticias. El interés político lo sabe y se aprovecha de esta circunstancia. Hace una semana apenas hablábamos de La Plata y Buenos Aires. Jorge BarroetaveñaUn desastre aún peor que el del tren Sarmiento. Pero la realidad sepulta todo lo que toca. Para conveniencia de unos pocos y tristeza de muchos.La repercusión por las palabras del Presidente uruguayo fueron el primer indicio. Y a principios de semana la estrategia se corporizó contundente: el anuncio de la 'democratización' del Poder Judicial inundó pues la tapa de los diarios y se convirtió en el tema político de la semana. Parece impúdico el debate cuando todavía ni siquiera se sabe cuánta gente murió en La Plata. Para unos fueron 52, para otros 54 y para otros 55. Hasta llegaron a hablar de 22 personas desaparecidos como si se tratase de un juego macabro en el que unos pierden y otros ganan.Scioli se peleó con un juez y dio la orden que no lo dejaran entrar en la morgue de La Plata. El 'Cuervo' Larroque prepeó a un periodista de la televisión pública porque no le gustó que le hablaran de las pecheras de La Cámpora y sólo faltó que lo invitara a pelear. El desorientado intendente de La Plata todavía anda explicando por qué estando en Brasil, twitteó un mensaje mostrándose en plena ayuda a los inundados. "No renuncio", se atajó al primero que le preguntó. Un Ministro, Julio de Vido salió a pasar facturas cuando él lleva 10 años en un cargo del que dependen esencialmente las obras que nunca se hicieron en la ciudad de las diagonales. Cada uno pues trató de cuidar su traste, sin importarle demasiado lo que estaba pasando. Y aquí viene la pregunta del millón: ¿nadie renuncia a nada en la Argentina? Se mueren más de medio centenar de personas y ¿nadie da un paso al costado admitiendo responsabilidad alguna? ¿Podemos quedarnos sólo en echarle la culpa a la naturaleza de lo que pasó? Claro que la maleable responsabilidad de los que deberían resolver contrastó con la inmensa masa de solidaridad que se movilizó ante la tragedia. Millones de argentinos, desde Ushuaia hasta La Quiaca aportaron su granito de arena para contener tanta desolación, esperando no ser defraudados una vez más. Esa inconmensurable ola de amor no puede ni debe ser defraudada. Y debe ser acompañada de un sistema de emergencia eficiente ante semejantes acontecimientos. Claro que, si hoy, casi dos semanas después de los sucesos, no se ponen de acuerdo ni siquiera en la cantidad de muertos, no hay demasiado margen para ser optimistas.Es que el drama terrible que le tocó vivir a esa gente no puede ser tratado con liviandad. No puede quedar impune ni intentar taparse con jugosas indemnizaciones. La ineficiencia en el manejo de los recursos del estado es algo que en la Argentina no se paga. Los políticos se hacen los distraídos y los jueces miran para otro lado. Una impunidad dolorosa.La justicia entró en estado deliberativo. El viernes, Julio Piumato, líder histórico de los judiciales, se presentó en los tribunales de calle Lavalle y arengó a los empleados y funcionarios. "Ahora vienen por nosotros. Si quieren los echan o los trasladan al sur si molestan. Hay que resistir", arengó entre unas 200 personas que escuchaban hasta desde los balcones del primer piso.Es que la guadaña kirchnerista ahora se eleva sobre la cabeza del Poder Judicial. Con argumentos o no, el intento de reforma, que será concretado seguramente, busca ponerle coto a lo que el oficialismo describe como la 'corporación judicial'. Es la misma corporación que le ha puesto trabas a la Ley de Medios o que cobija a jueces tan cuestionados como Oyharbide.La piedra basal de la iniciativa oficial tiene tres patas: la ampliación de miembros del Consejo de la Magistratura de 13 a 19, la creación de otra instancia judicial y la restricción en la utilización de los amparos contra el estado. Y fue el presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Senado, Marcelo Fuentes (FPV), el responsable de dejar en claro, a su modo, que el oficialismo no quiere una "Justicia adicta". Y no anduvo con vueltas académicas: "es una pelotudez", espetó. Redondeó: "antes el correctivo era el golpe militar, ahora, la Justicia es la prolongación de la política por otros medios; se quiere gobernar con las sentencias. Un ejemplo es la confrontación estratégica contra la ley de Medios".Hay algo cierto, nadie podría estar en desacuerdo con la reforma de un poder judicial anquilosado, poco comprometido, maleable a los gobiernos de turno y que se parece más a una gran familia que a un resorte esencial para la aplicación de justicia. Pero ninguna reforma será concebible ni se extenderá en el tiempo si no tiene amplio consenso y con el oficialismo de turno solo no alcanza. La pretendida democratización saldrá del congreso pero con fuertes cuestionamientos y eso no sirve. Quedó demostrado con la Ley de Medios que, a tres años y medio de su sanción, aún no ha podido ser aplicada en su totalidad, casi ni siquiera parcialmente.Aplicar reformas de fondo y asegurar su extensión a lo largo del tiempo, requiere de algo más que el rigor de la mayoría. Porque los que hoy son mayoría mañana podrían ser minoría y a la inversa, como debe ser en las democracias plenas. Y el que llegue se sentirá, fruto de esa concepción autoritaria, con la potestad para imponer su pensamiento. Así no habrá reforma que perdure ni se convierta en política de estado. Los correrá la coyuntura y sólo se dedicarán a apagar incendios. La eternidad no existe. El que piense lo contrario se equivoca y condena su juego a una pena de muerte prematura.
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