COLUMNA PSICOLÓGICA
Argentinos: campeones del estrés
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Hace unos días se publicó un ranking, de esos internacionales, que mide qué tan estresadas se sienten las personas. Y como no nos gusta bajarnos de ningún podio, ahí está Argentina, liderando el ranking internacional de estrés. Somos campeones del estrés.
Cuando leí la nota, por alguna razón no me sorprendió. Más bien parecía de esos datos que confirman lo que ya sabemos. No paramos de estar tratando de arreglar —no se sabe bien qué— pero siempre hay una urgencia que no se explica tanto por su magnitud objetiva como por la sensación de que todo está en juego, como si cada situación fuese definitiva.
El estrés es esa sensación interna de amenaza total, como si cualquier movimiento pudiera precipitar la caída.
En el consultorio, cuando un paciente vive estos cuadros, uno de los trabajos del analista es ayudar a separar la urgencia real de la impresión subjetiva de catástrofe.
El estrés es la combinación de tres aspectos (es-tres) en uno: inestabilidad, como la impresión de un cambio inminente; el peligro, como posibilidad de ser dañado; y el llamado a la acción, la necesidad de hacer algo para resolverlo. Un cóctel que los argentinos conocemos y consumimos a diario.
El argentino toma mate con la inestabilidad, percibe un peligro siempre acechando y no deja de tratar de hacer algo. Somos un país en el que es imposible aburrirse porque siempre pasa algo; eso nos mantiene en “modo estrés”. Y bien sabemos los psicólogos de la importancia del aburrimiento como instancia de asimilación, de aprendizaje y de creación. Si Argentina fuese un paciente en el diván, la pregunta clínica podría ser: ¿Cuánto hace que Argentina no tiene un veranito de aburrimiento?
Desde el psicoanálisis, cuando un síntoma, en lugar de verse como tal, se vuelve un rasgo de la identidad, decimos que aquello es egosintónico. La Argentina hace de su síntoma una identidad: el país que no duerme, que no se aburre, que no puede simplemente parar la pelota. Y acá una diferencia importante: una cosa es haber atravesado crisis —que las hemos atravesado— y otra es organizar la identidad alrededor de la idea de que somos los atravesadores de crisis.
La paradoja del síntoma es que, si hacemos del borde nuestra identidad, tarde o temprano necesitaremos un abismo para seguir siendo quienes creemos ser.
Así entramos en un bucle: el trauma produce el estrés y el estrés vuelve a producir trauma. El problema no es que venga una crisis, sino no poder salir del reflejo defensivo.
En psicología clínica, esa posición de estrés permanente suele ser un efecto de lo traumático. Cuando se viven sucesos que golpean y rompen nuestra capacidad de elaboración aparece el estrés postraumático; aunque haya pasado tiempo del suceso, la persona psíquicamente permanece defendiéndose de esa misma situación, como si la continuara viviendo: no sale del peligro. Pienso si nuestro modo de vivir estresados no será también parte de nuestros traumas nacionales, con los que todavía convivimos: corralitos, guerras, hiperinflación, dictadura, migraciones.
El eco de lo traumático retorna como una premonición sobre lo que va a suceder. Vivimos temiendo que vuelva a ocurrirnos lo mismo que nos lastimó y entonces nos preparamos para estar listos para lo peor. Es una anticipación negativa que intenta dejarnos preparados cuando llegue el próximo evento. El modo estrés es una forma de adelantarnos al golpe: nos tensamos antes de tiempo, vivimos prevenidos frente a una amenaza que todavía no llegó, pero que sentimos inevitable.
El argentino es pícaro, está atento, no baja la guardia porque no se siente seguro. No confía en que sus dirigentes lo cuiden, no ve previsibilidad, y así es que vivimos en estado de alerta como si eso fuese una virtud. No te podés confiar, no te podés dormir: argentino que se duerme, es cartera. El “modo estrés” deja de ser una reacción y se convierte en una ética, en una cultura de vida.
Pero bien sabemos que el cuerpo no negocia. El sistema nervioso no entiende de relatos patrióticos. Cuando se vive en alerta permanente aparecen el insomnio, la irritabilidad, la dificultad para concentrarse, los vínculos tensos, la imposibilidad de disfrutar. Y algo aún más peligroso: cuando estamos en “modo estrés” no podemos tomar buenas decisiones. Se hace lo que sea por sobrevivir.
No creo que el desafío sea dejar de estar atentos —sería ingenuo— sino reconocer este mecanismo de alerta sin romantizarlo. Porque un país que sólo sobrevive nunca llega a vivir.
Tal vez la pregunta clínica no sea únicamente cuánto hace que Argentina no tiene un veranito de aburrimiento, sino si estamos dispuestos a tolerarlo cuando llegue. Aburrirse implica confiar en que nada terrible va a pasar en los próximos cinco minutos.
La pregunta no es si podemos cambiar, sino si queremos dejar de identificarnos como campeones del estrés. ¿Hasta qué punto nos enamoramos de esta forma de vivir?

