Astucia de la razón
Aunque el orgullo de la raza humana siempre ha sido la razón -y nos gusta presentarnos como seres "racionales"- solemos utilizar esta maravillosa facultad para engañarnos y engañar a los demás.Ya decía el filósofo francés Albert Camus que los humanos se pasan todo el tiempo intentando convencerse a sí mismos de que su vida no es absurda. Y uno de los artilugios para ello es encontrar excusas o justificaciones.Los casos en la vida diaria abundan. Pensemos en aquel fumador que se enfrenta a la evidencia de que el tabaco produce cáncer. Tiene dos opciones: dejar de fumar o hacer una maniobra intelectual de distorsión.La segunda salida, que es una negación o auto-persuasión para justificar su conducta fumadora, suele prevalecer. Consiste en razonamientos tranquilizadores del tipo: "Si Pedro o Juan fuman, los cigarrillos no pueden ser tan peligrosos".También puede razonar diciendo que conoce gente que ha hecho un culto de su cuerpo y sin embargo se ha muerto antes, por ejemplo en un accidente. O de que prefiere una vida corta y feliz con cigarrillos a una larga y desgraciada sin ellos.De esta manera, nuestro fumador busca, desesperadamente, la manera de reducir el ruido o la "disonancia" que le provoca la evidencia de que el tabaco produce cáncer.Según los psicólogos, este es un mecanismo de distorsión de la realidad al que suele acudir el yo como autodefensa, para cuidar la auto-imagen positiva. A través de él queremos encontrar explicaciones lógicas a nuestros actos.Las personas solemos utilizarlo para tranquilizarnos ante el hecho de que hemos actuado por motivos que chocan con nuestras normas. Como aquel esposo que golpea a su mujer "argumentando" que ella necesita como compañero a un hombre fuerte y decidido.En 1957, León Festinger -uno de los teóricos más importantes de la psicología social- propuso su teoría de la "disonancia cognitiva", que predice y describe cómo las personas racionalizan la conducta.La disonancia tiene lugar cuando una persona mantiene a la vez dos cogniciones (ideas, creencias, opiniones) que son incongruentes (como los ejemplos antes nombrados).Festinger afirmaba que ese estado es tan desagradable que las personas se esfuerzan para reducir el conflicto de la manera más fácil posible. Es decir, cuando la autoestima de una persona peligra, éste elabora una argumentación que procura que esas cogniciones encajen de algún modo.Hasta el ladrón más desfachatado -siguiendo con los ejemplos- actúa como un "animal racionalizador". Su acción, según él, puede convertirse en un acto de justicia. Robar un banco o a personas de clase acomodada, puede justificarse bajo el argumento de que le saca a quienes le roban a la sociedad.Al igual que las personas, el poder suele utilizar el mecanismo racionalizador. Cuando el gobierno de George Bush decidió invadir Irak le dio a la sociedad norteamericana un argumento tranquilizador.Como ningún país va a la guerra con impunidad psicológica -resulta intolerable para cualquier sociedad que se cree a sí misma razonable e inocente lanzar bombas sin más a otro- la propaganda en la Guerra del Golfo postuló que Saddam Hussein y los suyos representaban el "Eje del Mal".Se diría que el poder, aunque no tenga razón, siempre tiene argumentos. Las tendencias protectoras del ego político se ponen en marcha para distorsionar y justificarlo todo.Un gobierno puede, por ejemplo, disfrazar ineptitudes en la gestión política, o encubrir oscuras intenciones de dominación, victimizándose con el argumento de que hay una campaña desestabilizadora en su contra.
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