¿Atenderemos alguna vez la deuda interna?
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El fantasma de la deuda externa (¿o eterna?) vuelve a oscurecer el panorama nacional. Es una larguísima historia que alguna vez deberá concluir. Mientras tanto, nuestros gobiernos postergan indefinidamente la atención de la deuda interna.Mario Alarcón MuñizDe manera opuesta a lo que muchos suponían, la pelota no alcanzó. Los problemas nacionales más acuciantes siguen tan vivos y molestos como antes del mundial de fútbol. El de la deuda externa es, por estos días, el que mayor atención ha demandado, a raíz del rechazo de la apelación argentina por parte de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos. Nuestro país había cuestionado el fallo del juez norteamericano Thomas Griesa que ordenó pagar en su totalidad los bonos adquiridos tiempo atrás por los llamados "holdouts" o "fondos buitre".Entonces, hay que pagar. Se habla de una suma exigible de 1.300 millones de dólares el 30 de este mes. Otras fuentes mencionan 15.000 millones a mediados de julio si aquella obligación no se atiende en término. Sea como fuere, hay que pagar.La Presidenta lo admitió públicamente en su discurso del viernes, archivando las rebeldías escénicas y retomando la línea ya impuesta en las negociaciones con el Club de París por el mismo tema y la transacción con Repsol. "Cumpliremos con todos los acreedores", enfatizó CFK. Reclamó la apertura de negociaciones, pero insistió en destacar la "voluntad de pago" de la Argentina. Números que estremecenLa de nuestra deuda externa es una penosa historia. No hace falta remontarse a Rivadavia y el primer préstamo de la británica Baring Brothers por un millón de libras esterlinas en 1824. Sin renunciar al análisis de aquél convenio, hechos recientes nos ilustran mejor.En 1976, cuando los militares usurparon el poder, la deuda argentina apenas superaba los 6.000 millones de dólares. En sólo tres años años trepó a 50.000 millones. Primero Martínez de Hoz. Después la guerra de las Malvinas. Y no paró de crecer. Mientras tanto Cavallo, funcionario de la dictadura (más tarde ministro de Menem y De la Rúa), muy privatista él, estatizó la deuda de los privados y cargó bolsas ajenas sobre nuestras espaldas.En la actualidad algunos cálculos sitúan la deuda en 200.000 millones de dólares, pero no hay certezas. Tampoco existen las necesarias informaciones oficiales. Sólo se sabe que debemos un montón de plata y nadie sabe si algún día pagaremos.Es inevitable buscar los orígenes de cada operación. En un lapso parecido al mencionado, entre 1976 y 1986, la deuda externa de Brasil también aumentó de manera desmesurada. Pero allí se tradujo en represas, rutas, autopistas, exploración petrolera, producción agropecuaria, industrias. Esto no ocurrió en la Argentina.¿Cómo y por qué creció nuestra deuda? ¿Quiénes son los responsables? ¿Nadie piensa, excepto el recordado Alejandro Olmos, investigar y cuestionar en serio y hasta sus últimas consecuencias estas operaciones que pueden llegar a configurar actos de traición a la Patria?Fuera de la pelea con los "holdouts" que ha motivado el barullo de la semana, este año nuestro país deberá pagar entre capital e intereses a diversos acreedores 10.000 millones de dólares, según fuentes confiables. Los mismos informantes aseguran que entre 2015 y 2019 (obviamente próximo gobierno) hay obligaciones de pago ya contraídas por 70.000 millones de dólares.Donde nos descuidemos los números se inflarán de manera considerable. Semanas atrás recordábamos en esta columna que los negocios argentinos con el Club de París comenzaron en 1956 con 700 millones de dólares. Acabamos de arreglar el pago por 9.700 millones en cinco cuotas anuales. Mirar para adentro En todos los ámbitos y de diferente manera se habla de la deuda externa. Pero hay otra deuda. Es interna. Es la deuda con nuestra gente. ¿Nadie piensa atenderla?La fracción mayor está configurada por la pobreza. Las últimas estadísticas privadas la sitúan en el 27% de la población. El índice oficial es muy inferior. Aceptemos que pueden ser diferentes los parámetros de medición, pero de todos modos lo vemos en la calle, sin necesidad de relevamientos técnicos. Hay pobreza en nuestro país.La AUH (Asignación Universal por Hijo) fue una buena medida de gobierno que pronto cumplirá cinco años -inspirada en una idea de Eva Perón (1951) y proyectos de la CTA y el ARI, cabe aclararlo-, pero es evidente que no alcanza, menos aún frente a una inflación que desborda.Los jubilados nutren la deuda interna, no sólo por los juicios que muchos de ellos han ganado sin resultados efectivos, sino por el bajo nivel de sus haberes.Los jóvenes que no estudian ni trabajan suman casi un millón de personas entre 16 y 24 años, según el relevamiento de la UCA (Universidad Católica Argentina). Del intento de atender esta situación mediante el plan Progresar no hay conclusiones ciertas. Se dan a conocer cifras de inscriptos, pero habrá que observar la evolución del programa. Es temprano todavía.Si observamos las áreas pobladas sin servicios de agua potable y los sectores que carecen de cloacas, nos enfrentamos a una situación preocupante.Las villas de emergencia delatan otra realidad lacerante que demanda respuestas. Las que se intentan pueden estar bien intencionadas, pero queda comprobado que no alcanzan y comprometen a los gobiernos nacional, provinciales y municipales.A quien no crea en la deuda interna, le bastará concurrir a un hospital público de EntreRíos -y probablemente de cualquier lugar del país- para comprobar que el compromiso del Estado de atender la salud de la población presenta graves deficiencias. Nos ahorramos los detalles porque son conocidos y están a la vista.La educación deficiente e incompleta es otra gran deuda. Desde 2006 se le destina el mayor porcentaje histórico del PBI. Es cierto. ¿Dónde está?, cabe preguntarse. No es un cuestionamiento antojadizo. El desequilibrio de los estudiantes frente a las exigencias de un sistema educativo moderno, queda en evidencia cuando se coteja el nivel de educación de la Argentina con el de otros países del mundo y del continente, como ha ocurrido a través de mediciones serias.Todo esto y algo más, suma una cuantiosa deuda interna que alguna vez deberemos atender en conjunto, por encima de las diferencias partidarias que suelen enturbiar los objetivos cuando de estas cosas se trata.
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