Bajo el imperio de la realidad deseada
No sólo los individuos establecemos una brecha entre el mundo como es y el que quisiéramos que fuese. La opinión pública también suele caer víctima de una percepción interesada.Somos un atado de hábitos y creencias que se entretejen en una interpretación de la vida y el mundo a la que llamamos "realidad". Pero ya los antiguos estoicos advertían de la colisión entre esa versión mental, fuertemente influida por los deseos, y lo que realmente sucede.Epicteto, figura de esa escuela filosófica, escribió una sentencia sugerente: "Los hombres no sufren por los hechos sino por las representaciones que tienen de los hechos".Estamos tan convencidos de lo que vemos que todo cuanto cae fuera de nuestro umbral de la percepción no es tenido en cuenta. Y si desmiente nuestra expectativa directamente lo impugnamos.Por eso muchas veces nos producen frustración aquellos eventos que no esperábamos y que no acertamos a entender. Y dado que desmienten nuestras convicciones, hacen derrumbar la confianza que teníamos en las cosas.Friedrich Nietzsche sugiere que necesitamos mentiras para vivir una vida confortable. La dicha necesita de bálsamos ideológicos que adormezcan nuestro sentido de la realidad.La verdad es demasiado incómoda y peligrosa como para que la aceptemos sin sufrir. Para asimilarla se requeriría una buena disposición de coraje y autenticidad.En el prólogo de 'Ecce Homo', el filósofo alemán se pregunta: "¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu? El error no es ceguera, el error es cobardía".Al igual que ocurre con los individuos, que prefieren cerrarse en una interpretación complaciente de los hechos, también los grupos humanos son proclives a elegir la versión más conveniente.La mayoría de los estudios de opinión pública dan cuenta que las sociedades adoptan pautas de pensamiento y comportamiento en defensa propia.En esta línea se inscribe, por ejemplo, "La noticia deseada: leyendas y fantasmas de la opinión pública", ensayo escrito en 2004 por el filósofo y periodista Miguel Wiñazki.La pregunta que se trata de contestar allí es por qué los argentinos deciden tomar por verdaderas cuestiones poco veraces y como no-acontecimientos hechos que efectivamente sucedieron.La respuesta que da Wiñazki es que la "tribu masiva" -una suerte de "grandes masas humanas de seres humanos en gestos y vibraciones comunes"- es una comunidad de feligreses que sólo cree en aquello que por sí misma ha construido.El delirio tribal más emblemático, cuenta, ocurrió durante la Guerra de Malvinas entre abril y junio de 1982, cuando buena parte de la sociedad argentina, sugestionada por la prédica nacionalista del régimen militar, creyó hasta último momento que se estaba ganando la contienda."Que traigan al principito" fue la expresión del envalentonamiento militar que aplaudió la opinión pública dominante de la época, y que sugería que Gran Bretaña no enviaría sus tropas al archipiélago.Sin embargo el príncipe Andrew, miembro de la familia real y soldado de las fuerzas británicas, se hizo presente en Malvinas luego de la victoria inglesa tras una guerra de 74 días.Abundan estos casos que revelan que la opinión pública nativa sólo está en condiciones de escuchar y leer noticias ajustadas a sus expectativas o supersticiones.¿Qué pasa cuando la opinión pública rechaza la verdad? Pues se levanta como un imperio la noticia deseada, aquel relato que la mayoría elige creer.
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