Buscar trabajo es un laburo (y un duelo)
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La ausencia o presencia del trabajo modifica ampliamente la vida cotidiana de un adulto. No contar con una ocupación puede suscitarse por dos vías. La primera suele ser por elección y privilegio: no es la prioridad del momento porque el foco está puesto en estudiar y terminar una carrera, se dispone de los ahorros necesarios para mantenerse o existe un entorno que sostiene económicamente a la persona.
La segunda vía, en cambio, deviene de las circunstancias y la coyuntura: la búsqueda del primer empleo por necesidad o deseo, el anhelo de nuevos horizontes, una renuncia o, en el peor de los casos, un despido. Este escenario resulta mucho más ansiógeno, sobre todo al chocar de frente con la realidad: la actividad que ya no está.
Ante esa falta, nacen la inseguridad y la entrega a la incertidumbre. Aparece el no saber dónde ir a parar, cómo pagar el alquiler o cómo solventar los gastos a fin de mes. Todo esto, por momentos, puede sentirse frustrante, doloroso, angustiante y persecutorio. Es por eso que hay que aprender a convivir con interrogantes constantes: ¿qué va a suceder luego?, ¿me llamarán o no?, ¿tengo la capacidad suficiente?, ¿me alcanza el sueldo?, ¿hasta cuántos meses puedo estar sin trabajar?, ¿lograré conseguir el puesto para independizarme? y ¿en qué me afecta estar desempleado?, entre muchas otras inquietudes. Este quiebre impacta de lleno en el narcisismo del sujeto, como así también en su autoestima, que es una de las primeras en verse afectada.
En consecuencia, se altera el ámbito social y el contacto directo con la cotidianeidad: tener empleo nos posiciona en la comunidad y constituye un rasgo identitario dentro de la cultura en la que estamos inmersos. Asimismo, habilita los espacios de encuentro y el compartir con pares: ir a tomar algo al finalizar la jornada, juntarse con amigos los viernes o ir al cine a ver un estreno se vuelven lujos que se recortan cuando no hay ingresos.
De igual manera, se ve comprometida la esfera familiar o de pareja: la pérdida de un ingreso ejerce presión y exige un mayor esfuerzo a la otra parte.
Además, nos distanciamos del ritmo habitual y nos aislamos, pues mientras estamos sin empleo, el resto continúa con el curso de sus vidas. En esas horas muertas, quien no produce tiene más tiempo para «rosquear» la cabeza o, como decimos desde el psicoanálisis, rumiar ideas.
La frase popular “buscar trabajo es un laburo”, que más de una vez hemos escuchado, es totalmente cierta: genera el mismo desgaste que cumplir tareas en un lugar insatisfactorio, pero con la gravedad de no percibir un sueldo, carecer de cobertura médica y afrontar una incertidumbre total. Se vuelve tan angustiante que puede desencadenar síntomas de ansiedad: si hay una pérdida, hay duelo. Por eso habrá que atravesarlo y seguir caminando en la búsqueda de ese espacio.
La espera activa se convierte así en un estado de alerta permanente. Cada notificación del celular o cada e-mail sin responder reabre la herida de la expectativa frustrada, obligándonos a recalibrar no solo nuestras rutinas, sino también la mirada que devolvemos al espejo. Sostener la identidad en pausa mientras el mundo exterior exige resultados es, quizás, la tarea más invisible y desgastante de este proceso.
En este tránsito, el tiempo mismo sufre una distorsión singular. La jornada, antes estructurada por horarios, compromisos y metas tangibles, se dilata en un presente continuo donde la falta de rutina atenta contra la propia organización. Al perder las referencias temporales que la actividad brinda, los pensamientos tienden al reproche y la autoexigencia, transformando el descanso forzado en una vivencia de culpa.
La ausencia de un marco externo no solo desmonta la agenda diaria, sino que cuestiona el valor personal y el lugar que se ocupa en la trama social. Por eso, el duelo por el trabajo perdido o no alcanzado implica reencontrar una disciplina que no dependa del rendimiento económico, sino del autocuidado: aprender a habitar el tiempo sin destruirse en el intento, reconstruyendo espacios de deseo propios que permitan sostener todo aun cuando la respuesta del afuera se demore.
Si estás en esa búsqueda, si hoy estás sin laburo o se te está haciendo difícil, te deseo paciencia, mucha perseverancia y una dosis de pasión en ese impulso. Así vas a lograr encaminarte y encontrar algo que te haga sentido, que tenga que ver más con vos y tu persona. Cuando logramos hallar eso, el camino laboral es mucho más satisfactorio. Después de todo, ya sabés que una de mis facetas consiste en ser incapaz de trabajar si no me siento alentada por alguna esperanza que considere importante.

