Cambia, todo cambia
Las autocracias, cuyo afán se reduce a controlar la sociedad, suelen ignorar los cambios de opinión que se producen en su interior, generando contradicciones insostenibles.Estas lecciones históricas están a mano. El comunismo, por ejemplo, fue el típico régimen totalitario que implosionó. El poder se hizo tan odioso que la gente reaccionó contra él.La ceguera de los burócratas soviéticos, obsesionados por perpetuarse en el poder, les impidió ver los cambios sociales que ocurrían debajo de ellos. Curioso defecto para quienes se creían los interpretes del "sentido de la historia".El lingüista e historiador búlgaro Tzvetan Todorov, en declaraciones a La Nación, recordó hace poco que en los regímenes comunista de Europa del Este "había una serie de protecciones del individuo que, en teoría, debían haberle permitido vivir sin sobresaltos".Pero con el tiempo, todas esas protecciones estatales se fueron transformando en una especie de sistema de seguridad, similar a las prisiones. "Los presos no se preocupan por saber si tendrán algo para comer. Saben que no los podrán echar y que si llueve no van a mojarse", describió Todorov.Pero vivir en prisión -que es a donde conducen todos los totalitarismos- reduce al mínimo las posibilidades humanas. Al final -reflexionó el historiador-la "ausencia de desafíos individuales, sumada al derrumbe de las estructuras estatales en los últimos años del comunismo, provocó la sensación de agobio en la gente, que condujo, inevitablemente, a la caída del Muro de Berlín, en 1989".El comunismo duró más de 70 años. Según Todorov las generaciones que estuvieron sometidas a él participaron en la mentira general. "Todo el mundo estaba convencido (erróneamente) de que los ideales sólo podrían ser el camuflaje del egoísmo", afirmó.La secuela fue devastadora. "Por fin, cuando se produjo la desaparición de esos regímenes, el mal estaba hecho: la gente no consiguió creen en nada más".Hay otros regímenes autocráticos actuales que muestran idéntico síntoma de descomposición ideológica. Es decir, donde la estructura del poder se aleja de la estructura social, cuyos estados anímicos, corrientes de opinión y de pensamiento están en pugna con el autócrata de turno.Los politólogos, por ejemplo, aseguran que el régimen teocrático de Irán ignora los cambios sociales que han ocurrido, precisamente, bajo ese régimen y a pesar de él.El 70% de los casi 70 millones de habitantes tiene menos de 30 años. Es decir, la gran mayoría ha nacido con posterioridad a la Revolución Islámica de 1979 que llevó al poder al partido de los clérigos que hoy gobiernan.El dato es que las inquietudes de los jóvenes iraníes colisionan con las intenciones de perpetuación del régimen teocrático. Con claras tendencias occidentales (globalizadas), con una visión más abierta y cosmopolita, esta nueva generación pide democracia.Los burócratas del régimen, que defienden el actual esquema de poder, temen que la menor concesión, ya se a los derechos individuales, a la libertad de expresión, a la libertad de cátedra, y otras libertades, socave las bases de la República Islámica.Todo indica que la batalla del poder por encauzar toda la vida social según una determinada y rigurosa interpretación ideológica va al fracaso. En suma, las dictaduras y los totalitarismos, que tienen fantasías de eternidad, reniegan de los cambios histórico-sociales.En Argentina abundan los aprendices de brujo totalitarios. Sería bueno que tomen nota de las lecciones de la historia. Y acepten que las sociedades cambian, a pesar de ellos y sus fantasías de poder ilimitado.
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