Cambiar la mirada hacia la discapacidad
La riqueza de la condición humana, así, puede quedar amputada por la miopía. Por ejemplo, somos in-capaces de descubrir el mundo de las personas con capacidades diferentes.
Fijados en una mirada unilateral de las cosas, nos cuesta abrirnos a comprender que esas personas, que tienen alguna limitación física, no sólo tienen los mismos derechos que nosotros.
También tienen algo para decirnos, porque ellas portan una modalidad diversa de lo humano. Hoy, el Día Mundial del Síndrome de Down, ofrece una ocasión para revisar nuestra mirada sobre esta realidad.
Hay algo maravillosamente conmovedor en la historia de esos chicos que desean crecer y ser felices. Y que necesitan para ello de especiales cuidados de padres amorosos y de maestros solícitos.
En un mundo desalmado como el nuestro, tan egoísta y autosuficiente, cuya cultura exalta la voluntad de poderío, estas historias de vida se manifiestan, en un punto, contraculturales.
En ellas sobrepujan no sólo las ganas de vivir; también sobreabundan actos cotidianos de amor de padres e hijos, de maestros y alumnos, en un círculo de recíproca ayuda y entrega.
Hace poco, justamente, nos alegrábamos de la meta alcanzada por Lucía, la joven con síndrome de Down que culminó su secundario en la Escuela Normal O. V. Andrade. Y decíamos desde esta columna, que lo de Lucía era un orgullo para esta comunidad.
El hogar de los Recchia-Galetto nos ha enseñado a comprender el valor de la familia –como fuerza que expande el amor entre sus miembros- y ha entender que los cambios auténticos ocurren desde dentro y secretamente.
También nos abrió la mirada sobre la problemática global de la discapacidad. En especial sobre el hecho de que las personas con algún impedimento físico tienen otras habilidades y potencialidades.
Además, nos ha recordado el notable entramado social existente en Gualeguaychú a favor de estas personas. Al respecto, solemos tener una interpretación materialista del desarrollo comunitario.
Creemos que una ciudad progresa por las divisas que produce, el empleo que genera, o los edificios que construye. No nos damos cuenta que más importante que eso es la fuerza moral de sus vecinos.
En este sentido, los alumnos, padres, maestros y amigos que están involucrados, como una verdadera comunidad dentro de otra, en promover el crecimiento de las personas con discapacidad, constituye un “capital” invaluable.
En este día tan especial en que en el mundo se busca concientizar sobre la problemática del Síndrome de Down, se impone por tanto revisar nuestra mirada sobre la discapacidad.
Está claro que hay que insistir en procurar la integración y la igualdad de oportunidades de las personas que padecen este mal físico.
Pero también ese giro en la mirada debe entrañar la actitud de quien quiere aprender del otro diferente. Debemos estar dispuestos a recibir una lección, como la que nos dio Lucía a todos nosotros.
Acaso si pudiéramos abrirnos a la fuerza de vida o la sensibilidad peculiar de estas personas, llegaríamos a la conclusión de que los verdaderos “discapacitados” somos nosotros.
Este contenido no está abierto a comentarios

