Cambiar leyes en un país que sufre anomia
Creer que modificando los códigos y las leyes se pueden solucionar los problemas sociales es un viejo error. Ni qué decir si se aplica a una sociedad poco afecta a las normas.Es sorprendente el frenesí legislativo de estos días por cambiar leyes en la Argentina, un país cuya nota distintiva es la "anomia", término acuñado por la sociología clásica para significar ausencia de normas para regular la vida social.Se podrá argüir la importancia de la actualización normativa y que siempre es bueno incorporar nuevos derechos a los códigos. También que es necesario que los textos legales cambien, porque así mejora la administración estatal.El problema es el optimismo desmesurado que acompaña a las reformas normativas, que suele crear en el legislador la ilusión de que todo pasa por los cambios en la retórica del discurso del Derecho.Que un texto legal cambie no se traduce necesariamente en cambios prácticos, reales, operativos, palpables. En el pensamiento jurídico se acepta como un axioma que la ley es texto y práctica, es lo formal y lo real.En este sentido, producir transformaciones en el texto de la ley no genera una transformación real, a menos que se caiga en un fetichismo legal de creer que la letra del código produce mágicamente la realidad.Lo que vuelve aún más problemática la cosa es el activismo legislativo en un país como la Argentina, donde el desprecio por las normas es justamente "la norma". No es que no existan las leyes -se diría que abundan más bien- sino que no se las cumple o hay poco interés en que se cumplan.¿Qué sentido tiene, pues, cambiar las reglas en una sociedad que tiene serias dificultades para cumplir las ya existentes? Si los habitantes del país hicieran de la observancia a la ley un culto, quizá se podrían esperar más cosas de un cambio de los códigos.En esa hipótesis podría haber expectativas de que las reformas legislativas tuvieran un real efecto práctico en la sociedad. Pero ese no es el caso de la Argentina, un país que se acostumbró a vivir fuera de la ley.Eso diagnosticó el filósofo y jurista Carlos Nino, quien detectó una tendencia argentina recurrente (en especial de los factores de poder) a la anomia en general y a la ilegalidad en particular, que reside en la inobservancia de normas jurídicas, morales y sociales.Pero Nino fue más allá: dijo que sorprende esta tendencia a la ilegalidad y la estrecha vinculación entre anomia e ineficiencia social y entre ésta y la involución de la Argentina, sumergida en el subdesarrollo y el autoritarismo.El humanista Pedro Luis Barcia dice que la anomia es uno de los rasgos negativos medulares de los argentinos. Y se trata de un defecto que se remonta al período colonial. Y al respecto, en una conferencia dictada en Rosario, relató:"Pedro de Ávila en el siglo XVII le planteaba al rey que no sabía qué hacer con esta gente del puerto (de Buenos aires), porque no admite ninguna de las normas reales (....) El contrabando estaba a la orden del día, la alteración de las disposiciones del rey también, el comercio va de cualquier manera. Es decir que se instala desde muy temprano esta tendencia a la anomia".¿No será que la mejor reforma legislativa que espera la Argentina sea aquella que logre instaurar el imperio de la ley en la conciencia de sus habitantes, haciendo que éstos empiecen a respetar los códigos vigentes?Probablemente la mejor reforma jurídica, en una situación de anomia social, sea la que tenga la capacidad de generar una cultura de cumplimiento de las leyes.
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