Opinion | Alberto Fernández

Canicoba y Oyarbide, dos audaces que nos recuerdan cómo está la Justicia

La pandemia está cerca del pico. La economía languidece más cerca de la agonía que de la resucitación. El frente externo no lo puede cerrar, pese a estar muy cerca. Las señales de hastío de la sociedad se multiplican. Casi como los niveles de inseguridad y las dudas para enfrentarlos con una política acorde. Ahí atrás está la sombra de Cristina que no habla pero comunica. Sus gestos son más potentes que sus palabras.

Jorge Barroetaveña

Y Alberto va, tratando de sacarse el traje de Jefe de Gabinete, ese que parecen verle sus aliados que, casualmente, le permitieron ganar la elección el año pasado y encontrarse con la Presidencia de la Nación.

A la herencia densa que Macri le dejó, le parió la pandemia que no estaba en los cálculos de nadie. Su acierto inicial de encerrarnos, va mutando de a poco en una encrucijada difícil de salvar: ¿cómo se hace para salir sin arriesgar lo conseguido y no matar del todo la economía? La agonía sanitaria se extiende sin plazos y no va dejando nada a su paso.

En el camino el Presidente, ha buscado alternativas, no se puede negar. Tratando de modificar la inercia de la pandemia y llevar el foco de atención a otros temas. Con Vicentín salió el tiro por la culata y el propio mandatario, en un acto de ingenuidad, dijo que pensaba que lo iban a aplaudir por la medida. La resolución de la deuda se dilata y no hay plafón todavía. En este contexto, éramos pocos y apareció la reforma del Poder Judicial. Hay que ser justos con Alberto Fernández, no la tiene fácil. Tiene que convivir con su jefa política, de quien abreva buena parte de su poder. Y todo lo que la rodea, incluso el lucro cesante de sus causas judiciales que aún están pleno vuelo.

Si habla porque habla y si no habla porque no habla. Es tanto el peso político de la vicepresidenta, el real y el que le adjudican, que casi no necesita moverse.

¿De dónde sino sale la verdad ‘revelada’ que la reforma judicial es un traje a medida para salvarla a ella? Tampoco el Presidente ha hecho un gran esfuerzo por intentar disimularlo. Y en esto también cuenta su ambigüedad, que arrastra como un karma de los años que estuvo peleado con la jefa.

El video de menos de un minuto, de ‘ayer’ (2016) en el que grita a los cuatro vientos que no hay que tocar la Corte y despotrica contra el kirchnerismo, no le deja margen para el volantazo. Lo puede hacer porque la sociedad argentina tiene memoria frágil y no condena esos excesos verbales, pero sí le resta credibilidad a futuro y lo pone en un lugar incómodo desde el punto de vista político. Coloca además, a la Corte Suprema, en el ojo de la tormenta, sometiéndola a una presión adicional. ¿Es necesario poner al abogado de Cristina en la Comisión que evaluará la ampliación de la Corte? Parece una provocación a los ponen en capilla la verdadera intención reformista. ¿Es necesario plantear el nombramiento a dedo de decenas de jueces, fiscales, secretarios y su estructura judicial de respaldo, cuando el estado no hace más que darle a la maquinita porque no hay un peso partido al medio? El país vive horas dramáticas por la pandemia y su secuela sanitaria y económica: ¿tiene sentido sumarle más incertidumbre a la angustia general?

Este análisis, que abreva del sentido común, escapa a la lógica de la política del peronismo, aunque llama la atención la ausencia del sentido de la realidad. Nadie que haya votado a conciencia, lo puede tomar por sorpresa lo que ahora intentan hacer. ¿No era esperable de un gobierno cuyo componente kirchnerista es vital para su funcionamiento? Componente que aún debe rendir cuentas en la justicia de su anterior paso por el poder. Eran un tren con destino a una pared cercana. Y algo había que hacer.

Los modos claro, eso que tampoco suelen importarle al peronismo, tampoco son los mejores. El Presidente hace un esfuerzo pero la realidad lo pasa por arriba. Amaga además con someterlo a un desgaste insólito en su primer año de gobierno. Eso sin tener en cuenta la resolución final de la megacrisis que se cierne sobre la Argentina.

La oposición, agradecida. Les da una bandera que permite disimular las peleas internas, abroquelar el discurso legislativo y escaparle a las consecuencias de la herencia que dejó el 10 de diciembre. La pelea se extiende a los medios, encolumnados de un lado y de otro y cava para hacer más grande la grieta.

Arruina además un debate sincero sobre qué hacer con la justicia en la Argentina. El desprestigio de muchos de sus integrantes socava las instituciones de la República. Lo peor es que a más de uno parece no importarle nada. Canicoba Corral y Oyarbide, le harían un favor a la república si se callan la boca. La estela de impunidad que dejan a su paso es insultante para los argentinos. Pero la culpa no la tiene el chancho sino quien le da de comer. Ambos son producto de un sistema corrupto que no se cansa de escupirnos en la cara, con desparpajo, su vigencia. Ojo que Macri y Fernández les dieron luz verde. Prefirieron la oscuridad antes que la verdad. Así estamos.

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