China y el enigmático capital-comunismo
Para los que miran el mundo todavía con las anteojeras de la Guerra Fría, con las categorías derecha-izquierda, el experimento chino no deja de ser una realidad exótica.La geografía política mundial ha cambiado tan vertiginosamente, y de una manera impensada, que las categorías de análisis han sido alteradas de forma radical.Se han debido aprender demasiadas cosas nuevas en demasiado poco tiempo. Aunque las ideologías políticas, que reconstruyen la realidad a partir de esquemas abstractos, se resisten a toda refutación empírica.China, por caso, es de esas realidades que no encajan en la visión dogmática que había dividido a la humanidad en capitalismo y comunismo, como dos sustancias eternas e irreductibles.La historia tiene razones que la ideología desconoce, se podría decir pascalianamente. Al morir Mao Tse Tung el 9 de diciembre de 1976, el Estado que había creado, tras 12 años de Revolución Cultural, quedó a la deriva.En un país como China -en realidad un subcontinente con ciudades superpoblado- gobernado férreamente por una elite que concentra el poder, el deceso del líder se vivió como un verdadero drama.Fue entonces que ocurrió lo impensado: la revolución en la revolución. Den Xiaoping tomó el control del sistema (1979), y reorientó el país hacia la reforma económica, concretamente al capitalismo.El primer gesto fue un pacto social con el campesinado: desmanteló el sistema de comunas y otorgó amplia libertad de producción para el mercado. Luego abrió la economía a la iniciativa privada y a la inversión trasnacional.Desde que China se integró al sistema global comercial, en los años 80, ese país se convirtió en la fábrica del mundo, produciendo un movimiento sísmico al interior del capitalismo.El dragón asiático, así, pasó a formar parte del club de las potencias económicas, y los analistas dicen que disputa poder con Estados Unidos.Sin embargo, en China rige aún el sistema totalitario. El régimen comunista sigue imponiendo coactivamente una sola verdad a la sociedad.He ahí lo que resulta indigerible para una visión ideológica tradicional: la simbiosis obscena de libre mercado con dictadura del proletariado, ese enigmático "capitalcomunismo", cuya esencia es difícil de descifrar.Esta relación tan compleja y hasta misteriosa entre comunismo y economía de mercado -impensable hasta hace dos décadas- tiene ocupados a los cientistas sociales.En China hay libertad para las trasnacionales y sus negocios, pero no se puede pensar distinto que el gobierno, y de hecho a los disidentes se los persigue y encarcela.Allí ha surgido una nueva burguesía, sobre todo trasnacional, que goza de grandes privilegios, pero rige el pensamiento único impuesto por el partido comunista.En Occidente se suele ser condescendiente con China, por obvias razones: su economía ha venido de algún modo a salvar al capitalismo, al darle sobrevida incorporando nueva masa de consumidores y negocios.De hecho se ha justificado el totalismo comunista, que desprecia la libertad de pensamiento y el pluralismo político, señalándose que la disciplina social que puede imponer un partido comunista en el poder, como en China, es garantía del crecimiento y de la apertura económica.¿Hipocresía, acaso, ante los dividendos económicos que genera el dragón asiático? A todo esto, varios analistas visualizan una virtual invasión económica de China en América Latina, aprovechando que se ha convertido en su principal comprador (soja, por caso).Pero las izquierdas latinoamericanas sólo creen que existe el "imperialismo" norteamericano. Sus gafas ideológicas no les permiten ver en otro sentido.
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