A 50 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO
Cincuenta marzos de un silencio que todavía nos aprieta la mano
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Buenos Aires, fines de los setenta. Un niño de siete años mide el mundo por la presión de la mano de su padre. Una tarde en una YPF de barrio y un recuerdo imposible de soltar.
Caminar por Buenos Aires a finales de los setenta no era simplemente ir de un lado a otro, sino ir tanteando el aire, midiendo el silencio y cuidándose de las miradas de los que venían de frente. Yo era un pibe de siete años y, como a esa edad uno solo ve cinturones, zapatos y manos, mi seguridad dependía de qué tan fuerte me agarraran para cruzar. Aquel día de otoño, el sol de la tarde pegaba de costado sobre la Avenida Constituyentes, poniendo las paredes de un color sucio y triste, pero el vientito soplaba helado y te obligaba a cerrar el cuello de la campera hasta que te rozara la pera. Mi viejo caminaba rápido, con un paso firme que no te dejaba colgarte —ni siquiera para ir contando las rayitas de las baldosas—. No íbamos a la plaza, ni al kiosco de José, el Rengo; íbamos metidos en una urgencia que yo no sabía de qué se trataba, pero que le hacía latir fuerte el pulso en la muñeca.
Su mano no solo me sostenía; me apresaba. Era un agarre que se sentía distinto al de todos los días, ese que servía para que no te atropellara un auto. Era una presión de puño cerrado, como si en cualquier momento pudiera tragarme alguno de esos huecos negros que se armaban entre los árboles de la vereda. Los chicos de esa época aprendimos pronto que el miedo de los padres no se explicaba con palabras, sino con reacciones del cuerpo: los hombros que se tensan, el paso que se vuelve casi una carrera y esa forma de vigilar la calle de punta a punta antes de doblar una esquina.
Llegamos a la estación de servicio YPF, en la intersección con Manuela Pedraza. En esa esquina, el olor a nafta te anestesiaba la nariz de tanto respirarlo. Los surtidores, con su forma de heladeras de hierro viejo, daban la sensación de estar vigilando. Justo en la diagonal, el bar del Gallego aguantaba ahí parado como un sobreviviente de otra época. Era un local de techos altos, donde el humo de los cigarrillos formaba una capa densa sobre las mesas de billar. Desde la vereda, se escuchaba el “clac” seco de las bolas chocando, un sonido que para mí siempre había sido la señal de que era sábado y el tiempo no importaba. Pero ese día, el bar tenía las persianas a medio camino y una mudez inédita.
Allí, junto a uno de los surtidores, apareció Chichín, el tío de mi viejo, un hombre que se había gastado la vida arriba del asfalto, un laburante de la línea 111 que conocía los baches y los secretos de la ciudad mejor que nadie. Chichín no tenía el uniforme puesto, pero tenía encima ese peso de los que acaban de ver una desgracia. Su rostro, donde siempre vivía un chiste rápido, estaba rígido, como si el frío de la calle se le hubiera quedado pegado a los huesos y no lo dejara ni sonreír.
Mi viejo no se detuvo en los saludos de siempre. No hubo preguntas sobre la salud ni comentarios sobre el clima. Fue directo al hueso de la preocupación que nos había llevado hasta ahí, mientras su mano volvía a cerrarse sobre la mía con una fuerza que empezaba a dolerme.
— ¿Qué pasó con los primos? —preguntó mi viejo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo.
Chichín no respondió enseguida. Primero hizo un paneo lento por la avenida, fijándose en los autos que pasaban y en los vecinos que, con la cabeza gacha, evitaban mirar hacia la estación. La desconfianza era una gimnasia que todos hacíamos sin darnos cuenta. Finalmente, se acercó un poco más, borrando cualquier distancia, y habló con el tono de quien suelta una verdad que quema.
— Se los llevaron hace un ratito nomás —dijo Chichín, y la palabra "llevaron" se quedó vibrando como una mala noticia.
— Lo más raro de todo fue el método —siguió Chichín, casi para sí mismo—. No trajeron camiones, ni los Falcon que uno ya conoce. Pararon un bondi de línea que venía por Constituyentes. Lo interceptaron en la mitad de la cuadra, hicieron bajar a todos los pasajeros a los gritos, a los empujones. Gente común que volvía del trabajo, señoras con bolsas de las compras... todos a la vereda. Nadie entendía por qué les cortaban el viaje así.
En ese momento, la imagen de un colectivo de línea, algo tan cotidiano y familiar como el mate cocido en el desayuno, se transformó ante mis ojos en algo oscuro. Un vehículo que debía llevarte a casa se convertía en un lugar para esconder el terror.
El silencio que siguió a sus palabras fue pesado. Mi viejo no dijo nada más. Solo asintió, con la mandíbula apretada hasta que los músculos del cuello se le marcaron como si fueran cables. En ese instante, comprendí que el mundo de los adultos no era el lugar tranquilo que creía. El bar del Gallego ya no era el lugar de encuentro de los muchachos y la YPF no era solo una parada técnica. Todo el barrio se había convertido en un lugar lleno de trampas, donde a cualquiera lo podían sacar de la calle en un segundo.
Caminamos de vuelta a casa sin emitir sonido. Mi viejo no me soltó la mano ni un segundo. Años después entendería que ese apretón era su forma de decirme: "estás acá, conmigo".
A los primos los largaron un par de días después. Fue un alivio que llegó envuelto en una tristeza que no se iba. Volvieron a casa, pero algo en ellos se había quebrado. Estaban machucados, con marcas que la ropa intentaba esconder, pero lo peor eran sus ojos. Traían una mirada que no estaba en ningún lado, como si todavía estuvieran sentados adentro de ese colectivo que los arrancó de la vida. Se volvieron hombres de pocas palabras, de esos que pegan un salto ante cualquier ruido.
Ellos volvieron, y esa fue su pequeña y trágica victoria. Pero la memoria de Chichín, de mi viejo apretándome la mano en la YPF y de los gritos sordos en el bar del Gallego, quedó grabada como una cicatriz en el asfalto del barrio. Miles de otros no tuvieron ese regreso; se perdieron en los pliegues de una noche que duró años, en un sistema de desaparición que no dejó rastro, pero sí un vacío que todavía nos duele en el pecho.
Pasaron cincuenta años de ese episodio y hace mucho que no visito esa esquina, que podría haber sido cualquier otra en el país; pero cuando llega el otoño, todavía suelo sentir aquel apretón de mi viejo en mi mano, porque la memoria viaja con uno.

