Coincidir sobre la base de lo que no se quiere
En sociedades plurales como la nuestra no hay manera de ponerse de acuerdo acerca de los que es bueno o virtuoso, pero sí hay chances de construir consensos ante la experiencia de lo malo.
Vivimos un tiempo histórico en el cual la diversidad humana, las diferencias culturales, las multiplicidades individuales, hacen inviable la aceptación de una única tabla de valores.
Es decir no existe un Bien universal y necesario sino bienes relativos y contingentes. De suerte que para unos hay que comportarse de una manera, para los otros de otra.
Cada comunidad y cada individuo tiene su idea particular acerca de lo que es bueno para ellos y en este sentido es visto con horror que alguna Iglesia, Partido o Estado pretenda imponerles a todos un bien supuestamente universal.
Por esta razón el llamado proceso de colonización del mundo extra-europeo, de parte del hombre blanco y cristiano, desde el siglo XV en adelante, no es visto como un avance de la civilización.
Más bien es juzgado hoy como una destrucción violenta, desde el punto de vista físico y simbólico, de etnias indígenas sometidas, a las cuales no se les respetó su identidad originaria.
Idéntica percepción existe en torno a las llamadas revoluciones modernas, como la comunista y la nacional-socialista, que en nombre de un supuesto Bien (la igualdad de clase o la raza) produjeron catástrofes totalitarias.
Resulta que las revoluciones, inspiradas en la utopía de la emancipación y la felicidad colectiva, terminaron por convertirse en manifestaciones patentes de la maldad, a través de una violencia infinita hacia los otros que no comulgaban con la utopía.
Estas experiencias totalitarias trajeron aparejado, como resultado histórico, sociedades plurales, donde ha ganado predicamento una ética de respeto de la diferencia, en lo que se funda la tolerancia.
En este contexto histórico prima el relativismo, que es la idea de que todas las opiniones éticas son igualmente válidas, ninguna es mejor que otra y varían de personas en persona, de comunidad en comunidad.
Ahora bien, aunque este modo de pensar es un antídoto contra los fanatismos religiosos y políticos, al postular que no hay ningún valor absoluto, o forma "correcta" de comportarse, parece sepultar a priori cualquier intento de acuerdo entre personas y comunidades en torno a valores o aspiraciones comunes.
Sin embargo, una alternativa a favor del consenso, en orden a construir una "ética mínima" en la sociedad plural, podría ser no insistir tanto en aquello que los humanos quieren, haciendo eje en el Bien, sino en lo que no quieren, enfocándose en el "no-Mal".
De hecho, la llamada doctrina de los Derechos Humanos es una ética universal (no relativista) construida a partir del consenso sobre lo que la sociedad global ya no quiere. Es un código o saber que finca en la experiencia humana histórica concreta, que permite acercar posiciones a partir de lo ya vivido y que nadie quiere que se repita.
Al parecer, por tanto, no nos une tanto la percepción del Bien, como la percepción del Mal. O lo que es lo mismo: a la sociedad humana global le cuesta coincidir sobre lo que quiere, pero es capaz de unirse en torno a lo que no quiere.
No es un dato menor al respecto que la Declaración de los Derechos Humanos, tal cual la conocemos hoy, nació como reacción ante la barbarie (guerras y totalitarismos) que vivió la humanidad durante la primera mitad del Siglo XX.
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