Comienzo escolar desmoralizador
El inicio del ciclo lectivo en Entre Ríos otra vez se inaugura con una medida de fuerza del gremio docente. Un síntoma de que la decadencia educativa no tiene límites.o
A mediados de enero, por esta columna, expresábamos nuestro vivo deseo por un normal comienzo de las clases. Lo hacíamos pidiendo al gobierno y al gremio que se pusieran de acuerdo.
Exhortábamos a que ambas partes asumieran su responsabilidad. Al gobierno, que extremara los recaudos presupuestarios, para atender el reclamo salarial de los docentes.
A éstos últimos, les pedíamos que fueran coherentes con su compromiso con la escuela pública, a la cual dicen defender. También que consideraran que la gimnasia de la protesta no ayuda al clima pedagógico.
Porque los chicos necesitan de su maestros en el aula para aprender. Cuando no están, se desmotivan, pierden interés por la ciencia. Y empiezan a creer que la educación, de última, no es importante.
Pues bien, la falta de acuerdo entre las autoridades y los representantes docentes sobre incrementos salariales, nos confirma que el planteo de nuestra columna editorial era iluso.
Pero más que eso se trata –otra vez al comienzo del año escolar- de un golpe a la moral de la sociedad entrerriana, que legítimamente aspira a que sus hijos se eduquen.
El paro de 72 horas, decidido por el gremio más importante de la provincia, es un mensaje preocupante. Empeora aún más el cuadro de degradación en que está metida la educación entrerriana.
Hasta el gobernador, incómodo con la medida de fuerza, ha debido reconocerlo: “Más de la mitad de nuestros alumnos de la secundaria rindieron exámenes en marzo. Una calamidad. Y los desempeños en toda la escuela son alarmantemente bajos", dijo Sergio Urribarri.
A confesión de parte relevo de pruebas. Es que casi no hay dudas sobre el fracaso escolar en nuestros colegios y sobre una tendencia declinante de la educación en todos los niveles.
Pero los actores de esta historia suelen abusar de la recurrente obsesión argentina de buscar un culpable afuera. Es la manera en que los argentinos racionalizamos nuestro propio fracaso: la culpa es del otro.
Aunque Urribarri haya reconocido la “calamidad” en los exámenes y los bajos desempeños del sistema, en elíptica alusión a los docentes, esta afirmación lo incrimina. ¿O el gobierno no tiene nada que ver con esos resultados escolares?
Por lo demás, es conocida la retórica auto-exculpatoria de los gremialistas, para quienes el fracaso educativo es pura responsabilidad de los gobiernos. A decir verdad, todo el conflicto docente recorre estos dispositivos discursivos que apelan al chivo emisario.
Mientras el gobierno parece no asumir la responsabilidad de atender la inversión educativa –no puede eludir, en este sentido, que no defiende los recursos federales como debiera- el gremio docente da la impresión que sigue auto-victimizándose sin asumir la obligación social que le cabe.
Vivimos en una cultura que ha inflado los derechos pero que se ha olvidado, paralelamente, de las obligaciones. En verdad, en la Argentina somos rápidos para exigir lo que creemos que nos corresponde.
Pero casi siempre, propensos a huir de situaciones incómodas o buscando la salida fácil, no nos hacemos cargos de aquello que nos compete, no asumimos los sacrificios que emanan de nuestros oficios o posición social.
Esto causa una huida generalizada ante las responsabilidades. Ser responsable es estar unido lo suficientemente a una cosa, al punto de aceptar sus cargas, y de actuar con conciencia moral frente a ella, asumiendo las consecuencias plenas de mis actos.
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