RECESIÓN SEXUAL
Cómo son los vínculos sexo-afectivos en una época de hiperconexión
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Diversos estudios mencionan un fenómeno llamado “recesión sexual” y observaron que muchas personas, especialmente jóvenes adultos, tienen menos encuentros sexuales que generaciones anteriores. Refieren diversas causas que atañen a factores sociales, tecnológicos, emocionales y económicos que habrían modificado la manera de relacionarse.
Aparecen preguntas, tales como: ¿Se tiene menos sexo? ¿El deseo sexual se está perdiendo? ¿Cómo es posible que se esté a un clic de estar con alguien y sea tan difícil?
Estos cuestionamientos nos llevan a algo más profundo que sacude a todas las personas, donde el foco no está en la cantidad de encuentros sexuales, sino en la manera en que hoy construimos intimidad, como hoy nos vinculamos.
Cuando hablamos de sexualidad no lo recortamos a una mirada coitocentrista, como si la sexualidad pudiera medirse únicamente desde la frecuencia o desde el rendimiento. La sexualidad está atravesada por el deseo, la fantasía, el cuerpo, el vínculo con el otro y las maneras en que la habitamos. Por eso cambiamos el interrogante para que no apunte a cuánto sexo tenemos, sino a cómo estamos deseando, cómo son nuestras citas sexoafectivas.
Aparece algo muy propio de esta época: gran parte de los vínculos comienzan en una pantalla. Muchas personas se conocen mediante aplicaciones. Las redes sociales se transformaron en espacios de contacto y seducción. Se stalkea (del inglés to stalk: buscar, observar o investigar minuciosamente la vida de alguien), se reacciona a historias, se responde con emojis, se comparte memes, a veces hasta las palabras están ausentes dejando a libre interpretación esas reacciones, se ven fotos y pequeños fragmentos de intimidad. Esto puede dar lugar a construir una idea del otro: se conoce primero cómo alguien sale en las fotos antes que su manera de mirar.
Esta mascarada virtual inevitablemente impacta en los encuentros, en las expectativas, en las frustraciones, en lo que se desea inmediato y también en las construcciones de identidades como "incel" (célibes involuntarios) o "celvol" (célibes voluntarios).
He aquí el meollo de la situación, hay algo del encuentro humano que todavía ninguna pantalla puede reemplazar: La presencia física. Aquel escenario donde tener a alguien cerca estimula los sentidos: la erotización de la mirada, del roce, la observación de su lenguaje corporal, el tono de voz, los silencios, el aroma… Se activa esa sensación difícil de explicar que aparece cuando alguien nos genera algo, lo que llamamos “cuestión de piel”.
Sin embargo, muchas veces el vínculo empieza antes, desde la imagen que desde el cuerpo que invade también en la forma en la que deseamos.
El cortejo, por ejemplo, ya no se mueve igual que antes. No desapareció, pero sí se transformó. Hasta no hace mucho tiempo había más espacio para la espera, para la fantasía y para cierta incertidumbre. Uno podía pasar días pensando en alguien sin saber cuándo iba a volver a verlo de nuevo. Había algo del misterio que alimentaba el deseo.
Hoy sabemos si alguien está conectado, si leyó el mensaje, si subió una historia después de no responder o si reaccionó distinto a una publicación. Un seguimiento con la mirada que despierta ansiedad. Y no hablo de que lo de antes fuese mejor, sino es dar luz a otra manera de vincularnos, donde nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, tan lejos del encuentro real.
Aparecen fenómenos tan propios de esta época: conversaciones eternas que nunca llegan al encuentro, vínculos ambiguos, personas que pasan meses hablando sin concretar una cita o relaciones sostenidas más desde la virtualidad que desde la experiencia compartida.
Hay personas que sienten que hablan muchísimo con alguien y, sin embargo, cuando finalmente se encuentran, parece un desconocido. Y esto nos revela que se está más conectados, pero menos íntimos.
Hace años que se habla de una lógica atravesada por la inmediatez. Todo parece rápido, disponible, reemplazable. Y esa misma lógica también impacta en las relaciones. Aparece la sensación constante de que puede existir alguien mejor detrás de otro perfil, de otra conversación o de otra historia. Entonces cuesta sostener procesos que necesitan tiempo o atravesar la incomodidad de conocer verdaderamente a alguien. Porque conocer a otro también implica tolerar contradicciones, silencios, diferencias y tiempos que no siempre son inmediatos. Implica aceptar que el otro real nunca coincide con la versión ideal.
Aparecen vínculos más frágiles, más líquidos, más difíciles de sostener. No necesariamente porque las personas no quieran conectar. Muchas veces sí quieren. Pero qué difícil es en una época donde se vive agotados, acelerados y enmarcados en esta coyuntura.
Contestamos mensajes todo el día, consumimos estímulos constantemente, trabajamos incluso fuera de horario y un cuerpo y una mente agotada difícilmente pueda conectarse con el placer. También se suma otra cuestión: vivimos mirando y siendo mirados todo el tiempo. Las redes sociales nos exponen permanentemente a cuerpos, parejas, experiencias sexuales y formas de desear ajenas. Y aunque se sepa que solamente muestran recortes editados de realidad, de todas maneras, nos generan impacto. Aparece la comparación, la presión, la sensación de que se debería desear más, sentir más o vivir una sexualidad constantemente intensa. Mientras la mirada está puesta en una pantalla, hay un trasfondo silencioso: empieza a existir la desconexión del propio deseo. Porque el deseo no funciona bajo presión, no aparece por obligación ni responde bien al cansancio extremo, al estrés constante o a la hiperestimulación permanente que afecta también el erotismo. Necesita tiempo, presencia y disponibilidad psíquica, algo difícil de lograr en una cultura acelerada y saturada de estímulos.
Por eso, la llamada “recesión sexual” no tenga que leerse únicamente como una disminución de encuentros sexuales. Estamos atravesando una transformación profunda en la manera de vincularnos, de construir intimidad y de sostener presencia con otros.
La sexualidad no está desapareciendo, sino que se está adaptando a una época donde todo sucede demasiado rápido.

