Comprar sin freno, la otra compulsión
El deseo de consumo y posesión de bienes es una constante humana. La historia puede ser vista como una búsqueda permanente por tener más cosas. Aunque esta tendencia no está exenta de morbosidades que enferman.El crecimiento de rentas, gastos y oportunidades, desde el punto de vista económico, es un rasgo de emancipación característico de la sociedad contemporánea.La dinámica del consumo, en este contexto, sería una manifestación (o deseo) constante de la psicología humana, que ve en ello un símbolo de seguridad, abundancia y salud.Sin embargo, en un punto los productos del mercado se desligan y llegan a dominar a los hombres que los consumen. Es decir, como si éstos entrasen en un proceso de "cosificación", en el sentido de que pierden libertad y racionalidad frente al mundo de los bienes.El cuadro, de hecho, puede adquirir dimensiones patológicas. En efecto, se calcula que 2,5 millones de argentinos son adictos a las compras compulsivas. El 80% son mujeres de 25 a 45 años.Eso pondera un estudio de la ONG Red Sanar, especializada en la temática, y que cuenta con setenta sedes en todo el país, según revela un interesante reporte del diario Perfil.La patología consiste en un afán incontrolado por adquirir bienes que sacian un estado de ansiedad, con la falsa esperanza de que con la compra esa ansiedad desaparecerá.La falta de control de impulsos es el factor principal que conduce al individuo a comprar sin freno. La enfermedad, por cierto, se inscribe en el marco de una civilización que ha parido un nuevo tipo humano: el homo consumens, cuya característica esencial es que identifica la felicidad con el mero consumo.Los antropólogos han visto que la "necesidad" en su sentido primigenio -ligada a carencias fundamentales de la supervivencia (alimento, cobijo, etc.)- , ha desaparecido.El deseo, como representación psicologizada de la necesidad o, simplemente, de la fantasía, viene a ocupar su lugar. La sociedad actual se ha especializado en la creación de deseos y las personas han pasado a convertirse en "máquinas deseantes", como ha escrito Gilles Deleuze.Desde esta perspectiva, la compra, que tiene un alto componente de irracionalidad, promete más de lo que ofrece. "Lamentablemente un acto, como la compra, no agota el deseo. Esta patología consume a la persona y a su sistema mental, además de provocar un agotamiento económico porque se termina gastando un dinero que no se tiene".Ése es el diagnóstico de Roberto Re, médico especialista en psiquiatría, director y fundador de la Red Sanar. En su opinión, para evitar que surja la urgencia de acapararse con objetos, "la persona debe encontrar un significado a la vida, de las relaciones personales, los vínculos familiares".Luciana F., víctima del consumismo compulsivo, hace dos años está en tratamiento psiquiátrico. Esto dice: "Es como una droga. Llega un momento en que cada vez necesitás comprar más para poder sentirte bien. Evitaba pensar en que mi trabajo no me gustaba y olvidarme por un rato de que no pude terminar mi carrera universitaria".El ejemplo revela cómo la compra actúa como mecanismo de evasión de problemas psicológicos subyacentes, de forma tal que el consumo desmedido es un síntoma de desequilibrios más profundos.Al parecer la plenitud, la felicidad y la seguridad que buscamos en los bienes materiales, podrían derivar en un estado de esclavitud en el "tener", con graves consecuencias para la propia persona.La compra compulsiva es una patología que -como ocurre con el juego, la droga o el alcohol- revela la cara degradante de una sociedad proclive a las adicciones.
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