Con la indignación, ¿alcanza para cambiar?
La ola de indignados sociales que recorre el mundo recuerda el caceroleo criollo de 2001, con aquello de "que se vayan todos". ¿En qué terminan estas eclosiones de protestas?La queja y la crítica callejera, ¿cambian el curso de los acontecimientos? ¿O no sirven para nada, salvo para drenar la frustración? ¿Es una rebeldía que se traduce en compromiso cívico efectivo, o es una coartada para el conformismo?El tema es objeto de debate entre los intelectuales del mundo rico, a propósito del movimiento de los indignados, que han copado las calles y las plazas de distintas ciudades del mundo.El filósofo español Fernando Savater salió no hace mucho a criticar la pretensión del Movimiento 15-M, variante ibérica de los "indignados", por su retórica antisistema.Su enojo es por la actitud de "quienes ayer estaban desentendidos de la política y hoy están indignados por no poder seguir estándolo".¿Qué hacían estos españoles mientras el país disfrutaba las mieses de la plata dulce, cuando el dinero de Europa lubricaba la economía peninsular? ¿Cuestionaban entonces el sistema electoral, la corrupción del Estado, pedían la renovación de la política?"Es significativo que en la época de las (supuestas) vacas gordas, cuando vivíamos no sólo como si fuésemos ricos sino como si mereciésemos serlo también (...) teníamos la misma ley electoral y los políticos gozaban de los mismos privilegios, pero nadie acampaba en las plazas para protestar contra ellos", dispara Savater.Quejarse es lindo, pero en sí mismo no sirve para nada, parece advertir el filósofo. "No hay ninguna democracia real que resuelva los problemas por sí misma, por puras reglas de procedimiento", aclara."Hacen falta ciudadanos no meramente comprometidos con la protesta, sino con la política. Que empleen bien el sistema, no que sueñen con otro del que no tenemos modelo salvo en la retórica. Habrá que buscar recambios para mejorar lo que no funciona o recuperar lo que no funcionó y fue pervertido por quienes se aprovecharon de las garantías de nuestra libertad común", resumió.Sobre el particular, y dado que el fenómeno de los indignados parece un calco de nuestros ya fenecidos caceroleros, cabría preguntarse: ¿qué enseña la experiencia argentina?¿Supuso un cambio radical de las estructuras de corrupción política? ¿Trajo aparejada una renovación de la dirigencia, como se pedía a gritos? ¿Implicó un giro de 180 grados en el manejo de la cosa pública? ¿El Estado dejó de ser manipulado en beneficio de un grupo político?¿En qué quedó ese enorme despliegue de energía que pedía un "cambio ya"? ¿Qué fue de las asambleas barriales, con sus programas de mayor democratización en las decisiones? ¿El poder dejó de ser sinónimo de impunidad, según la definición de Alfredo Yabrán?El escritor y periodista Enrique Valiente Noailles, por ejemplo, opina que la indignación criolla apenas fue una estrategia sutil de automedicación, devino simplemente en una inocua declaración de principios ante el mal."Sólo ha sido -dice- una fenomenal coartada para no cambiar nuestro destino de corrupción económica y política. El 'que se vayan todos' funcionó como una inmensa complicidad con el statu quo político".Al margen de este polémico diagnóstico, cabría decir que drenar frustración, que señalar en otros el origen del mal, que salir a la calle a protestar, no garantiza ningún cambio.Antes bien puede ser un recurso placentero para dejar las cosas como están. Estimular las glándulas de la queja y de la crítica, puede servir en todo caso como catarsis ante una frustración. Pero no va más allá de eso.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

