Con los barras, el país da la nota en Sudáfrica
La insolencia, el matonismo, la viveza, la chantada, son parte del carácter de esos embajadores que son los barrabravas, los cuales nos representan en Sudáfrica.El desembarco de los hinchas argentinos en el país africano ya forma parte de una crónica policial internacional. Tiene todos los condimentos sórdidos imaginados.La última información indica que las autoridades sudafricanas decidieron deportar a diez de estos muchachos por sus antecedentes delictivos. Ahora los barras que quedaron allá (que son alrededor de 200) amenazan con vengarlos, y están en pie de guerra.El caso más emblemático de esta "comitiva argentina" es Sergio Roldán, jefe de una barrabrava, quien cumple una condena de 8 años por haber participado en una pelea entre hinchas que dejó como saldo un chico de 13 muerto y otro gravemente herido.Este personaje está en libertad condicional, es jefe del grupo kirchnerista Hinchadas Unidas Argentinas (creada paradójicamente para erradicar la violencia del fútbol), y pese a sus antecedentes salió por Ezeiza como cualquier vecino.Ahora Roldán fue deportado y una jueza promete detenerlo nuevamente. Pero la organización de la cual es cabecilla declaró que la deportación fue un "acto de discriminación".Nadie se hace cargo de la presencia de estos "embajadores" en Sudáfrica. ¿Cómo costearon sus viajes? ¿Quiénes hicieron posible que viajaran? Aunque hay pistas: se sabe que algunos de estos hinchas tienen contratos en organismos nacionales, por ejemplo el INDEC y viajaron por Aerolíneas Argentinas.A todo esto, la noticia de que grupos de fanáticos argentinos habían sido arrestados por la policía sudafricana, para ser luego deportados, recorrió el mundo.El diario más importante de Johannesburgo cita una fuente de la autoridad sudafricana: "Datos de inteligencia indican que estas personas planeaban cometer actos de desorden público, violencia y provocaciones contra hinchas de otros equipos rivales y aún de otros grupos argentinos".La prestigiosa BBC inglesa hace un seguimiento del derrotero de estos muchachos y hasta tituló con ironía: "Barras bravas, las estrellas argentinas en el Mundial".A todo esto, el cónsul general de nuestro país en Sudáfrica, Carlos Rubio Reyna, afirmó que "pueda haber más deportaciones". Si las expulsiones continúan, el interrogante es cómo responderán los futboleros que aún permanecen tierra africana.La pregunta es: ¿Nos sorprende, acaso, que esto suceda? Para ser honestos, más allá de estos hinchas, en la Argentina existe una cultura del barrabrava, que atraviesa otros ámbitos sociales (por ejemplo la política), y que es un síntoma inequívoco de la anomia que aqueja al país.Esto es lo que exportamos a Sudáfrica: la insolencia, la vulgaridad y el matonismo, a través de grupos antisociales que en Argentina ya no sólo expresan una minoría (de hecho están enquistados en otros ámbitos) sino que están protegidos por el poder.Es decir, toda una carta de presentación, una credencial que nos pinta tal y como somos. La deportación de los barras desde Sudáfrica probablemente despierte la indignación de cierto nacionalismo berreta, que ha inventado la teoría de que la culpa de nuestros males es de los extranjeros y de intereses ocultos.Al respecto, Joaquín V. González (1863-1923), escribió: "Nuestro principal defecto consiste en la falta absoluta de autocrítica, mejor dicho: la creencia persistente de que somos los mejores del mundo. Llamamos patriotismo a esta ciega alabanza de nosotros mismos, y arrugamos el airado entrecejo contra el ciudadano que aventura enrostrarnos nuestros feos detalles".
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