¿Con qué carga una madre?
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Solemos escuchar que ser madre es lo mejor que te puede pasar. Lo cierto es que es hermoso y a la vez terrible.
Suelen haber ideas asociadas a mandatos de que una mujer " se realiza" cuando decide y puede ser madre. Durante mucho tiempo, fue un destino naturalizado en la vida de una mujer.
He escuchado en mi profesión: ¿Que está mal en mí que no pienso en hijos y ya tengo 30?; "quisiera desear embarazarme"; "ni siquiera sirvo como mujer, no puedo embarazarme"; “no sé qué me pasa, adoptar no quiero”.
Afortunadamente hoy en día, existen otras ofertas identitarias a las que las mujeres podemos acceder y que posibilitan que la maternidad, tarea intensa si las hay, pueda ser, en el mejor de los casos, elegida.
Ser madre demanda tanto de una mujer porque no solo incluye una de las tareas más complejas que existen, que es criar un ser humano, sino también, porque muchas de estas cargas radican en cómo el contexto se involucra en la crianza o que tan solas quedamos en ello.
Podemos situar seis puntos clave, aunque sabemos que la trama es mucho más extensa:
1. La maternidad como responsabilidad permanente. Ser madre no se toma vacaciones ni feriados. Supone sostener una preocupación constante por el bienestar de los hijos: anticipar necesidades, resolver problemas, organizar la vida cotidiana y estar disponible emocionalmente aun cuando esa disponibilidad no esté. Incluso cuando los hijos no están presentes, muchas veces la responsabilidad continúa activa en el psiquismo materno.
2. La carga mental: pensar en todo y para todos. Hay un trabajo invisibilizado que afortunadamente estamos pudiendo cuestionar-nos más. Consiste en recordar, planificar, organizar y anticiparse. No se trata únicamente de hacer las cosas, ni de hacerlas bien, con dedicación y detalle, sino de ser quien detecta y recuerda que hay que hacerlas. Esta carga genera agotamiento, irritabilidad, ansiedad y la sensación de que nunca se termina de cumplir con todo. Las ganas de huir aparecen en cuanto se puede frenar un momento. Pero muchas veces no es opción o genera culpa o reproches.
3. La culpa materna y el ideal de la madre perfecta. Nos enfrentamos a un ideal de maternidad que exige paciencia, disponibilidad, amor incondicional y renuncia personal. Cuando no se puede responder a esas expectativas, aparece la culpa. La madre puede sentirse insuficiente tanto cuando prioriza a sus hijos, porque no piensa en ella, porque se abandona, como cuando intenta reservar un espacio para sí misma.
4. La pérdida o transformación de la propia identidad. El ser madre necesariamente implica cesiones identitarias. Lo que disfrutábamos, nos gustaba y nos hacía sentir una misma se desdibuja, sobre todo y necesariamente en los primeros tiempos. Pero habitualmente durante varios años. El cuerpo sufre una transformación increíble que lo pone a prueba. La disponibilidad psíquica se vuelca hacia los hijos. Cambian las jerarquías y un hijo afortunado será la prioridad. Los deseos personales, los proyectos, la vida social y el descanso pasan a un segundo plano, hasta necesidades básicas como ir al baño o bañarse en paz, pasan a ser un lujo. Surge entonces una pregunta importante: ¿quién soy yo, además de ser madre? Recuperar esa pregunta no significa querer menos a los hijos, sino reconocer que la maternidad no agota la identidad de una mujer.
5. La soledad emocional y la falta de reconocimiento. Una madre puede estar rodeada de personas y, sin embargo, sentirse sola frente a sus responsabilidades. En ocasiones se reconoce lo que hace, pero no se dimensiona el costo emocional que implica sostenerlo. Poder expresar el cansancio, el enojo, la ambivalencia o el deseo de estar sola, permite que otros puedan hacer lo necesario para que cotidianamente esa carga disminuya, sin que se la juzgue, es fundamental para su bienestar psicológico.
6. El derecho a poner límites y construir una maternidad propia. Cuestionar los mandatos permite pensar que una buena madre no puede con todo. Ni debe poder. Pedir que los demás hagan su parte, compartir responsabilidades, poner límites y recuperar espacios personales no son actos de egoísmo. Son formas de construir una maternidad más habitable, en la que el cuidado de los hijos no implique necesariamente el descuido de una misma, sino que incluya el disfrute y no lo tape con cargas que deben ser compartidas.
Ser madre no significa dejar de ser mujer, ni ser la madre de todos, de los hijos, de las parejas, de los propios padres, ni tener que renunciar a los propios deseos para demostrar amor.
Quizás podamos dejar de preguntarnos cuánto puede soportar una madre y empezar a preguntarnos por qué naturalizamos que deba soportar tanto.
El problema no es solamente el cansancio individual de cada mujer, sino una organización social y cultural que deposita sobre las madres una responsabilidad desproporcionada y luego las hace sentir culpables cuando no pueden con todo.
Cuidar a quienes cuidan es una responsabilidad colectiva. Y reconocer a la madre como una mujer con deseos, límites, contradicciones y proyectos propios es un paso necesario para pensar una maternidad más libre y saludable. Feliz día, todos los días.

