Corazón de derecha, discurso de izquierda
No llama la atención que los políticos izquierdistas en la Argentina sean tipos con fortuna. Es parte, en realidad, de una esquizofrenia cultural que tiene arraigo en la población. El prototipo del progresista argentino lo encarna Carlos Heller, el banquero candidato del kirchnerismo porteño. Si uno no supiera que el que habla es el presidente del Banco Credicoop, creería estar en presencia de Carlos Marx.Heller vende plata en el mercado –y hasta donde se sabe saca provecho del negocio-. Es decir, en términos marxistas, pertenece a la raza más oprobiosa de la clase dominante: los banqueros.“Un banquero es una persona que te presta su paraguas cuando el sol brilla, pero lo quiere de vuelta en el preciso instante en que comienza a llover”, decía Mark Twain.Tampoco los Kirchner, que lideran según sus simpatizantes el primer gobierno de izquierda de la Argentina, provienen del proletariado. Sus biógrafos no autorizados, aseguran que el matrimonio hizo fortuna –y mucha- con la especulación inmobiliaria.De hecho, difícil encontrar dentro del oficialismo gobernante a genuinos representantes de extracción “popular”, a excepción del profesor Luis D’Elía, cuyo anticapitalismo luce coherente.Nuestro progresismo perteneció desde siempre a la pequeña y mediana burguesía. Banqueros, comerciantes, profesores universitarios, profesionales, hombres de la cultura, entre otros, predican resentimiento contra el sucio dinero. Hasta Pino Solanas, que hoy corre por izquierda a los Kirchner (a los que acusa de hacer menemismo tardío, nada menos), y que lidera un frente de progresistas desencantados, es alguien que viene de una situación económica acomodada.¡Y qué decir de nuestros sindicalistas!. En pocos países ocurre lo que acá: representantes de los trabajadores devenidos en capitalistas y terratenientes, que han amasado grandes fortunas “combatiendo al capital” (como dice la marchita).Al menos un sector importante de la clase política, por otra parte, no escapa a este fenómeno. Muchos de sus miembros se han enriquecido, aprovechando su posición, despotricando contra el capital. El escritor Enrico Udenio dedicó un libro para explicar esta incoherencia –que llevada al plano ético tiene otro nombre: hipocresía- con el sugerente título “Corazón de derecha, discurso de izquierda”.Su tesis central es que esta esquizofrenia está instalada en la población, que es de izquierda desde “la palabra crítica al capitalismo” pero desde el “corazón” adhiere al estilo de vida de la mayoría de los países desarrollados capitalistas.Se diría que en Argentina es “políticamente correcto” ser un poco progre. Porque eso calza con la personalidad autóctona, sobre todo con los sectores sociales medios. En este sentido, el peor pecado público es confesarse de “derecha”. Al respecto, hace poco el productor sojero Carlos Reutemann, atormentado porque un sector de la prensa lo vinculaba al empresario Mauricio Macri, salió a aclarar que él está a la “izquierda” del ex presidente de Boca. Según Udenio, la impostura de los argentinos obedece a un intento fallido de “quedarse con lo más agradable del capitalismo y del socialismo”. El resultado de esta mezcla, según el autor, es una organización económica y social híbrida.Esto de amar el dinero –Argentina significa Argentum: plata- pero con complejo, al punto de declararse izquierdista, acaso no sea otra cosa que una extensión de nuestra condición de “simuladores”, de que hablaba Ortega y Gasset cuando se refería a los argentinos.El alma argentina, de última, constituye un enigma antropológico.
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