Creer que la solución vendrá de algún lado
Ante la desdicha o los imposibles que plantea la vida, hay una tendencia humana a creer que algo o alguien, casi como salido de la nada, nos vendrá a salvar, descargándonos así de la responsabilidad por nuestra suerte.Está el que cree que el juego de azar, como la lotería, le sonreirá algún día, y entonces sus penurias desaparecerán. Otros sostienen que el caos seguido de violencia descomunal alumbrará un nuevo amanecer.Está aquel que supone que dejando que se desplieguen las fuerzas del mercado, la economía por sí sola nos traerá una era de prosperidad inigualable. Otros consideran, en cambio, que dándole todo el poder al Estado, y reduciendo a la mínima expresión al individuo, la humanidad hallará el remedio a sus males.También existen los que no pierden la fe en que los problemas de su sociedad nativa serán resueltos por un político o líder providencial que, dotado de omnisciencia y poderes casi sobrehumanos, hará milagros.Hay quienes le ponen todas las fichas a la tecnología, la informática e Internet, las cuales producirán el prodigio de crear una conciencia colectiva global, gracias a la cual no habrá más disidencia.Están los que esperan que la ciencia encuentre el gen de la felicidad o el gen de la inmortalidad, confiando que la biología nos va a salvar. En tanto que son varios los que se anotan en el tren de la neurociencia, y alientan la esperanza de que descifrando el enigma del cerebro se resolverán todas las contradicciones.Los raelianos, por otro lado, están tranquilos porque dicen que el fin del mundo será en el 2035 cuando los extraterrestres que nos crearon se lleven a 144 mil personas elegidas.Unos y otros, en suma, sienten la necesidad de que se acaben radicalmente los acuciantes problemas de este desdichado mundo en el que vivimos. Y esto por una intervención extrema (no importa su contenido) que provoque repentinamente un desenlace feliz.La súbita aparición de un factor externo milagroso, salido impensadamente del magma de la historia, a contramano totalmente de su lógica inmanente, que emerge para solucionar lo imposible, recuerda el recurso teatral del "Deus ex machina"."Dios a través de la máquina", así se llama al mecanismo de poleas que en los teatros griegos antiguos permitía que un personaje apareciese en el escenario como si descendiese de las alturas.Cuando el fin de una obra no resultaba fácil y la situación estaba harto embrollada -una sensación de desconcierto perceptible en el hombre contemporáneo- se utilizaba la máquina para hacer descender a Zeus, quien era capaz de arreglarlo todo en un momento.Gracias a la intervención milagrosa del padre de los dioses el mundo volvía en un instante a estar ordenado, los acontecimientos retornaban sobre sus fueros. El autor de la obra teatral sorteaba así fácilmente cualquier callejón sin salida narrativo.En la vida real de las personas, en la concepción que individuos y grupos tienen de la marcha del mundo y de la historia, muchos creen en su "Deus ex machina", en la solución milagrosa que vendrá de algún lado.¿Acaso un subterfugio para excusarse del compromiso de cada uno ante la vida? ¿Una coartada propia de adoradores de artificios que exime de responsabilidades directas, tanto individuales como colectivas?¿Una salida desesperada que nos alivia psicológicamente de nuestro infortunio? ¿Qué diferencia esta creencia de aquel narcótico que nos promete un paraíso químico, porque la realidad se ha vuelto intolerable?
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