Crisis fiscal, al igual que hace dos siglos
Los cimbronazos cambiarios de hoy, que vienen precedidos de la desconfianza inversora sobre el financiamiento estatal, ponen sobre el tapete la crisis fiscal, un problema que en realidad se remonta a la constitución misma del Estado argentino.La administración Macri se inauguró en 2016 con el dilema económico de cómo hacer frente al rojo en las cuentas públicas en un contexto de estanflación (inflación con estancamiento económico).Creyó en un primer momento que restablecidos algunos mecanismos monetarios, como la salida del cepo, y la vuelta al mercado internacional, con una política más amigable con la lógica capitalista, le alcanzaría para sortear la restricción.La llamada política de "gradualismo fiscal" se asentó así en la idea de que era posible ajustar progresivamente los números del Estado (que gasta más de lo que recauda), sin grandes costos sociales, modificando su financiamiento: en lugar de emitir pesos a mansalva a través del Banco Central (como venía haciendo el gobierno kirchnerista), cubrir el faltante en el mercado voluntario de crédito.La estrategia dio resultado por un tiempo, ya que el país volvió a crecer moderadamente en 2017, logrando el gobierno ganar las elecciones legislativas de medio término.Pero este modelo se quedó sin resto en 2018, cuando los bruscos episodios devaluatorios, seguidos de un frenazo en la economía, demostraron que los inversores ya no estaban dispuestos a financiar el bache fiscal, pese a los rendimientos que obtenían de la operación.Un cambio de contexto internacional, marcado por la suba de tasas de interés en Estados Unidos, que viene golpeando a los llamados países emergentes, a los que se sumó una sequía inédita que afectó al campo argentino, desnudó la precariedad fiscal del país, vulnerable a los cambios del humor de los inversores.Entonces el gobierno recurrió al FMI para que financiar el déficit, como alternativa al mercado voluntario de crédito, y evitar un colapso que podría derivar en una hiperinflación.Ese organismo se convirtió, así, en el prestamista de última instancia, encargado de cubrir el faltante para este año y el próximo. Pero por lo visto este arreglo no ha logrado despejar la sospecha, en un sector del mercado, sobre el sostenimiento fiscal.El salto devaluatorio de esta semana, que llevó el dólar a situarse en $38 (la última cotización), reflejó esa desconfianza, que ahora el gobierno aspira a exorcizar con una readecuación de las metas fiscales en el marco del acuerdo con el FMI.¿Acaso las penurias de hoy son una novedad en la historia argentina? De ninguna manera, si se piensa que han sido una constante en un país que nació en medio de grandes dificultades económicas.El historiador Roberto Cortés Conde recuerda en sus libros que la revolución de 1810 comenzó (curiosamente) con una fuerte crisis fiscal.Por entonces el gobierno porteño estaba subsidiado por las minas de plata de Potosí, pero al romper con la corona española, y en el inicio del proceso independentista, se perdió ese ingreso.Se diría que dos siglos más tarde el panorama no ha cambiado demasiado, a la vista de un país que tiene un Estado deficitario, al que se ha venido financiando con sucedáneos de todo tipo (venta de activos, emisión monetaria y endeudamiento externo).Este desvarío ha estado detrás de todas las crisis (default, inflación constante, devaluación y otros males) que se han desarrollado en los 200 años de historia independiente.
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