Opinion |

Cristina hace los deberes para que la gente la vuelva a votar

El miércoles después de la sesión especial convocada para tratar el presupuesto se sabrá hasta dónde llegará la grieta hacia el interior del PJ. Y hasta dónde unos y otros están dispuestos a ceder por una unidad que les abra la puerta para una victoria el año que viene. Cristina, nadie lo podrá negar, viene haciendo los deberes.   Jorge Barroetaveña   Se ha reunido con muchos y reconciliado con otros tantos. Los últimos en tenderle la mano esta semana fueron los movimientos sociales que comanda el ‘Chino’ Navarro que se sentaron a escucharla para limar viejas rencillas. En esto hay un operador todo terreno como Alberto Fernández (sí, el mismo que pasó por todas las líneas del PJ y hasta fue ‘cavallista’ en sus comienzos). Fernández ha conseguido sentar delante de la jefa a unos cuantos dirigentes que estaban distanciados de ella pero, a medida que se acerca la elección, buscan rapiñarle algo de su caudal de votos. Es difícil pensar que han cambiado su concepto, en política la medición va por el arrastre y la cantidad de votos que podés asegurar. Y sino habría que preguntarle a los intendentes de la Provincia, siempre cuidadosos de su ‘quinta’ y dispuestos a volver a llevar a Cristina en la boleta. ¿Es el proyecto nacional? No importa, la cuestión es conservar ese inmenso aparato que le permite a más de uno perpetuarse en el poder. Es bastante simple. La ex presidenta viene haciendo los deberes. De súper bajo perfil, sólo con apariciones para pegarle al gobierno y nada de referencias a los escándalos de corrupción que la llevarán infinidad de veces a tribunales el año que viene. Quizás sea ese el único gran impedimento que hoy dificulta su entronización definitiva. Es que a caballo de la profundización de la recesión su figura crece sola, sin necesidad de más referencias. Claro, del otro lado nadie puede capitalizar aún el descontento social, sobre todo entre los votantes de Cambiemos. Muchos están enojados con el gobierno pero no saben cómo y a través de quién canalizarán ese enojo. O si la falta de alternativas, los hará transitar el mismo camino. Los encuestadores de opinión pública no se cansan de bucear en ese sector de la población. Es la brecha que va de los puntos de Cambiemos en la primera vuelta hasta la segunda. Ese universo de votantes se nutre esencialmente del peronismo. El dato es que son peronistas, simpatizantes o independientes refractarios al kirchnerismo. Si su desencanto llegará al punto de hacerlos olvidar eso y votar a Cristina ya forma parte del mundo de la psicología. Y del contexto que rodee a la elección del año que viene. Cristina sigue haciendo los deberes. Hace rato juntó desventuras con Hugo Moyano, aunque no ha sido muy generosa con las fotos, y mantiene puentes tendidos con Sergio Massa que no se cansa de repetir que con Cristina no va ni a la esquina. Sus operadores no dicen lo mismo. El hueso más duro de roer para la ex Presidenta son los gobernadores y un tal Pichetto. Una piedra en el zapato que en el Senado encima todavía tiene la llave para desaforarla y dejarla al borde de ir a la cárcel. El rionegrino busca, con el peronismo no K, circunscribir a Cristina a Buenos Aires y evitar que su capacidad de daño llegue a las provincias. Todos saben que, si a la jefa se le ocurre armar listas por fuera del PJ en más de una provincia se las verán en figurillas para poder ganar. Es la vieja trampa de fortalezas que mutan  en debilidades y a la inversa. Lo mismo pasa en la provincia donde ningún armado con posibilidades de éxito podría prescindir de ella. Claro, ella sola tampoco asegura la victoria como ya pasó en las legislativas del año pasado. Pasan los meses, la recesión se profundiza tanto como el desencanto y el peronismo sigue entrampado en el mismo lugar. ¿Influirán los egos? Obvio. En política se desarrollan más de lo habitual y sobre todo en aquellos que han probado las mieles de tener mucho poder. Los que están se quieren quedar, los que estuvieron quieren volver y los que nunca estuvieron quieren saber de qué se trata. Lamentablemente en la Argentina el poder le cambia la vida a las personas. No a los ciudadanos sino a los funcionarios. Ahí está el problema. Más allá de estas consideraciones, el gobierno va filtrándose en las debilidades de quienes lo combaten y aprovechando la ausencia de un liderazgo incuestionable. Hasta dónde soportará la sociedad que la economía siga crujiendo nadie lo sabe. Ya no se trata de echarle la culpa a otro. Cada día que pasa esa responsabilidad se diluye tanto como se agranda la presente. Estados Unidos creció en los últimos años y contuvo su desempleo pero eso no le alcanzó a Trump para mantener su mayoría en el Congreso. Una mejora en la economía no significa que Macri tenga el camino asfaltado hasta las elecciones. El rebote debería ser frenético para que tenga impacto. Quizás sirva, no para ganar, pero sí para no perder por eso. Después habrá que encomendarse al humor social y al nivel de presentismo del pasado y la lectura que la sociedad haga de eso. Demasiados factores que deberían alinearse. Como el 2015.  

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