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Cristina lo quiere a Macri y el peronismo no se da cuenta

El fantasma del Fiscal Alberto Nisman sobrevolará toda la campaña electoral. Su muerte, las derivaciones de su denuncia y los 85 muertos de la AMIA serán un lastre que los políticos argentinos no podrán sacarse fácilmente. Matar a un fantasma no es tarea fácil. El gobierno está empeñado en hacerlo. ¿Podrá?

Jorge Barroetaveña

El 14 de enero marcó un antes y un después. Es probable que nunca se sepa en qué circunstancias, si se suicidó o lo mataron o lo indujeron o qué trama siniestra se oculta detrás de su muerte, pero esa escena será un sello del año electoral. Cada paso de la agenda deberá tener en cuenta la repercusión que el caso ha tenido en la opinión y pública y hasta dónde llega el divorcio entre lo que se dice y hace y la sensación de buena parte de la sociedad que está cansada de la impunidad.

La bomba de la muerte de Nisman eclosionó la campaña. Dejó mal parado al gobierno, que todavía tira mandobles como los boxeadores groggies arriba del ring y descolocó a todos los candidatos que no saben cómo reaccionar. La guerra de peritos que ahora asoma después de la presentación que hizo la Jueza Arroyo Salgado, ratificó el desasosiego y la impresión de que nunca se conocerá la verdad o. lo que es peor, si aparece, pocos creerán en ella. Arroyo Salgado no es una víctima cualquiera. Es Jueza Federal de San Isidro, cargo al que llegó nombrada por Néstor Kirchner, y ha tenido históricamente excelentes vínculos con el gobierno y los servicios de inteligencia. En el Grupo Clarín todavía le cuestionan su participación activa en la pesquisa para determinar si los hijos de Ernestina Herrera de Noble eran de desaparecidos. Nadie puede atribuirle pues, a la magistrada, motivaciones políticas en sus reclamos. Ella conoce cada vericueto de los servicios, cómo trabajan las fuerzas de seguridad y hasta dónde la política influye. Y es probable que sepa mucho más de lo que ha dicho. “A Nisman lo mataron”, aseveró con frialdad el viernes, dando a conocer las conclusiones del informe de los peritos de la querella. Y agregó poniéndole marco la palabra “magnicidio”. De eso no hay vueltas y todos los actores políticos lo saben, desde la Presidenta para abajo.

Cristina Fernández de Kirchner ha sentido en estos meses por primera vez quizás desde que llegó al pináculo del poder, que no puede manejar todos los resortes. La guerra de inteligencia que se desató escapa a su control y todavía está abierta. La duda es lacerante, porque nadie sabe hasta dónde puede llegar y si la muerte de Nisman será la primera de una larga cadena. Por eso la necesidad de justicia se instala en el terreno de la supervivencia. No es posible vivir en un país donde muere un fiscal y no se sabe en qué circunstancias. ¿Qué queda entonces para un ciudadano común?

Los que pergeñaron esta historia no ignoraban que en 2.015 se repartirá todo el poder. Que los despachos cambiarán de dueño y los cajones serán abiertos por manos aún desconocidas.

En este tembladeral el sistema político argentino probará finalmente la experiencia de una segunda vuelta. En la guerra de encuestas que azota todas las campañas, desde hace meses se verifica paridad entre tres candidatos: Scioli, Massa y Macri. El bonaerense, pese a las zancadillas y el intento de esmerilamiento que sufre a diario por parte de su propio gobierno, sigue aferrado con lo que puede a su candidatura. Scioli está convencido que debe aguantar lo que sea para obtener el premio mayor, hasta las humillaciones que todos los días le dedican.

Scioli siempre fue una presencia indeseable para el kirchnerismo pero lo tienen que tolerar porque es el que más votos aporta después de Cristina. Siempre fue así, independientemente de las demostraciones de lealtad que ha hecho. Cada paso hoy del cristinismo demuestra que poco le importa el resultado de las elecciones. El objetivo principal de la Presidenta es conservar su propio poder, aún a costa de la  derrota. Menos parece importar  que sea Macri el que reciba la herencia. Casi tanto mejor, porque descartan que al ‘ingeniero’ le será imposible gobernar la Argentina con el peronismo en contra e imaginan un retorno triunfal en 2.019. El peronismo es cruel con los que pierden y la derrota nunca se perdona. Con Scioli de estandarte será él quien pague los platos rotos y Cristina quedará con su liderazgo intacto. “Perdió Scioli, no nosotros”, es el razonamiento. Una buena cantidad de legisladores en el Congreso de la Nación y en las provincias servirá como núcleo duro de resistencia desde el cual construir el retorno al poder.

Así se explica la estrategia desplegada para polarizar con el PRO la elección nacional. En cada uno de sus últimos discursos, la Presidenta le dispensa ironías al macrismo, sabedora de la repercusión que esto tendrá en la campaña. Para Massa, es el odio de la traición y el olor a peronismo que lo rodea. Es que cualquier presidente que lleve el sello peronista en el orillo implicará la desaparición del kirchnerismo. Recursos implica poder y el peronismo sabe bien cómo manejar ambos. La Presidenta lo sabe mejor que nadie y busca impedirlo como sea. Al cabo se trata de su propia supervivencia política y del proyecto que encarna. Tan simple como eso.

¿Qué hace Macri? Se monta en la ola, en el ‘favor’ presidencial y teje la telaraña para atrapar a la mayor cantidad de radicales posible. Es extraño pero alguien que no viene de la política tradicional, ‘hace’ política y toma riesgos. Qué fue sino casarse con ‘Lilita’ Carrió. Pero para ganar hay que arriesgar y el ingeniero parece haberlo entendido. De paso le tira piedras al massismo. Reutemann representa la ‘pata’ peronista que le faltaba. Macri hace tiempo ‘lavó’ su discurso y lo único que hace es mostrar su gestión en la Ciudad de Buenos Aires. Los resultados están a la vista: en menos de un año pasó del 8% al 25% de intención de voto. ¿Le alcanzará?

Sergio Massa todavía no entiende la actitud de muchos gobernadores e intendentes que por lo bajo le prometieron apoyo el año pasado y ahora se hacen los distraídos. Fue Posse, el intendente de San Isidro el que se lo reprochó amargamente hace unas semanas: “nos prometiste 7 gobernadores y decenas de intendentes. ¿Dónde están?”. Dijo esto y pegó el portazo para arreglar con Macri.

El peronismo huele el poder como nadie y cuando hay demasiadas dudas se dispersa buscando nuevos rumbos que le aseguren continuidad. La pelea del tigrense es desigual y contra todos. Contra el gobierno que lo ningunea a propósito, contra la lealtad de la billetera y contra Macri que enarbola hasta el cansancio la pilcha de único opositor al modelo. La polarización amaga con sepultar sus aspiraciones. La cuestión será llegar a la segunda vuelta. Es el único salvavidas que podrá hacerlo presidente.

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