¿Cuál corrupción?
Frustrado por el recorte de sus funciones, y hostigado por el poder político, Manuel Garrido acaba de abandonar la estratégica Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas (FIA).
“Está claro que la corrupción –dice en su renuncia– es un fenómeno que se da en mayor o menos medida en todos los países pero lamentablemente el nuestro se destaca por la impunidad casi absoluta de ese fenómeno y la falta de decisión y seriedad para hacerle frente.”
La indiferencia social hacia esta renuncia habla mucho de un país que se ha familiarizado con la corrupción política. ¿Resignación acaso? Más que eso: moralizar al Estado nunca ha sido una bandera de la sociedad.
En Argentina -hay que decirlo- no se cree que los gobiernos tengan que ser decentes. De hecho entre nosotros mientras la economía marcha más o menos bien, a los gobiernos se les perdona todo.
En la época menemista, cuando afloró la prosperidad, los escándalos de corrupción en el Estado eran pintoresquismo. “Roban, pero hacen”, se justificaba cínicamente.
La izquierda entonces aparecía como el fiscal moral de la República, frente a la obscenidad de la derecha. Ahora que es gobierno, y ante los casos de corrupción K, el progresismo elabora su propia impostura ética.
“Roban, pero condenan”, parecen decir quienes están dispuestos a defender la política de “derechos humanos” de este gobierno al precio de tolerar su desdén ético por la cosa pública.
A principio del siglo XX, ya lo había visto el político francés Georges Clemenceau: “Argentina crece gracias a que sus políticos y gobernantes dejan de robar cuando duermen”.
Pero ha sido nuestro Jorge Luis Borges el más elocuente: “El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de veneración general y se llama viveza criolla”.
Esta viveza criolla, una suerte de vía libre a la impunidad, se lleva con orgullo. Porque por alguna razón los argentinos parecen no necesitar de la honestidad para progresar.
Colonizados por un nacionalismo berreta, nos creemos maravillosos, un pueblo llamado a “un destino de grandeza” y “condenado al éxito”. Si hasta acá nos ha ido mal, creemos, es porque el mundo no nos quiere y conspira contra nosotros.
Es el modelo “maradoniano” de instalarse en el mundo. “Me cortaron las piernas”, dijo el ídolo del fútbol, cuando lo sacaron de un mundial, y la hinchada lo ovacionó.
Es decir, lo que le pasó no tenía nada que ver con algo que él había hecho (jugó dopado). No, todo fue producto de una conjura de la FIFA. En suma, somos maestros en eludir nuestros horribles y gravosos defectos éticos.
Como bien dice Marco Aguinis: “Nos cuesta reconocer que las trabas a nuestro progreso derivan, en primer lugar, de nosotros mismos. Que estamos afiebrados por vicios de profundo origen”.
Alguien ha dicho por ahí que las riquezas envilecen. Quizá sea el caso de la Argentina, cuyos habitantes hemos nacido bajo el mito de la prosperidad. Con el respaldo de nuestras riquezas naturales, nos creemos llamados a vivir bien, sin esfuerzo, en el facilismo, elogiando la trampa y por fuera de la ley.
¿A quién le conmueve, en este contexto ético, que un fiscal renuncie advirtiendo que en el Estado campea la “impunidad más absoluta”?
Este contenido no está abierto a comentarios

