Cuando decir cuánto se gana avergüenza
Es uno de los secretos mejor guardados de los argentinos. Hablar de los ingresos personales genera incomodidad en un país donde la riqueza es mal vista. Es el tabú de estas pampas.Los senadores y diputados nacionales acaban de duplicarse las dietas, en el mayor bajo perfil. Cobraban por mes entre 15.000 y 17.000 pesos (sin mencionar viajes y "desarraigo"), y ahora el ingreso de bolsillo irá de 30.000 a 35.000 pesos.Un aumento interesante del 100% que llamativamente -o no- se decidió en el mayor sigilo parlamentario. Es que la cuestión de las dietas, según consigna el cronista del diario La Nación, ha sido desde siempre un tema tabú.Pero a decir verdad los argentinos, que somos tan liberales en tantas cosas, tenemos gran pudor a la hora de reconocer ante los demás el monto de dinero que percibimos.Para algunos sociólogos la clave está en nuestra tradición cultural, según la cual ser pobre es ser honesto, y ser rico es sinónimo de deshonestidad. Entre nosotros, la capacidad de hacer dinero se asocia a la avaricia, la corrupción y la delincuencia.Es todo lo contrario a lo que sucede en países anglosajones, como en Estados Unidos, donde el ciudadano medio americano habla de sus ingresos sin tapujos ni vergüenzas.Para algunos antropólogos e historiadores nuestra herencia católica nos traiciona. El protestantismo, en su variante calvinista, según enseñó el sociólogo Max Weber, ve a la prosperidad como una bendición de Dios (no así a la pobreza).Desde el punto de vista criollo, sólo puede acumular riqueza la persona que es deshonesta. Sin embargo, hay más de una razón para suponer que a los argentinos nos gusta vivir bien, y somos especialmente hedonistas.Es decir, mientras nuestro Super Yo moral condena la riqueza, nuestro Ello la apetece desesperadamente. Todo un cuadro anímico propicio para configurar una mentalidad esquizofrénica.Mientras amamos el dinero, discursivamente lo despreciamos. "Corazón de derecha, discurso de izquierda". Así resumió al argentino medio Enrico Udenio, para quien entre nosotros es un deporte nacional acumular capital mientras se lo combate ideológicamente.Ganar dinero, por tanto, genera un sentimiento de culpa que hace que socialmente se oculten los patrimonios y los ingresos individuales. No sea que uno aparezca, ante los demás, como un canalla capitalista.Burgueses acomplejados, finalmente, somos especialistas en abominar contra los abusos del capital, mientras lo acaparamos, y en lo posible no lo declaramos.Para Martín Tetaz, economista e investigador de la Universidad de la Plata, el ocultamiento revela astucia, que es algo que se le pide al que gusta de incrementar su patrimonio.La información tiene valor y por tanto conviene no mostrar todas las cartas. "Si tengo un buen sueldo, no quiero que el resto de la gente se entere porque no quiero que se desalienten y me exijan más. Tampoco quiero que se enteren mis amigos para que no abusen de mi generosidad", explicó.Por otro lado, en un país rico y generoso como Argentina, nadie quiere aparecer como un fracasado económico. Si lo que se cobra es poco, conviene también callarse. "Si tengo un mal sueldo puede que me de vergüenza o que en cuanto a mis aspiraciones me deje mal parado mostrar mi vulnerabilidad económica", refiere el economista platense.¿Cuántas personas no tienen problemas en decir cuánto ganan? Según Alejandro Melamed, autor del libro "Empresas+humanas", las nuevas generaciones, acaso menos hipócritas, se muestran más sueltas al hablar de plata en público. Con lo cual se estaría derrumbando uno de los últimos tabúes argentinos.
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