Cuando el malestar es síntoma de salud
No siempre sentirse mal o agobiado es signo de enfermedad. A veces puede ser un síntoma de que se está vivo y alerta.A los males físicos, obviamente, hay que tratarlos. Porque por lo general revelan que el cuerpo no funciona normalmente, y entonces peligra la vida. ¿Pero qué decir de la inquietud psicológica, o del malestar mental?La sensación de desasosiego espiritual, para muchos un mal de época, acaso en lugar de expresar un desarreglo interno de las personas, al que hay que curar lo antes posible, podría ser por el contrario un signo de salud mental.Esa es la tesis de la escritora y reportera brasileña Eliane Brum, quien en un reciente escrito en el diario 'El País' de Madrid hizo una suerte de elogio del malestar afirmando que, dado el mundo en el cual vivimos, no hay razones objetivas para estar satisfechos.Brum despotrica contra la literatura de "autoayuda" y toda la cultura del bienestar psicológico que estigmatiza el hecho de sentirse mal, y que decreta a su vez como patológica toda discrepancia ante lo que ocurre.Y esto como si el hombre fuese un animal esencialmente satisfecho y hubiera que conducirlo, llegado el caso a través de la medicación psiquiátrica, a una actitud complaciente ante la vida, básicamente indolente."Cuando la gente dice sentirse mal, que le resulta cada vez más difícil levantarse de la cama por la mañana, que se pasa el día colérica o con ganas de llorar, que sufre de ansiedad y que por la noche le cuesta dormir, no me parece que esté enferma o exprese anomalía alguna", refiere la escritora.Sentirse mal puede ser una señal de excelente salud mental, argumenta. Por el contrario, "el que está feliz y saltarín, como un borrego de dibujos animados, es que tal vez tenga serios problemas".En realidad, "por gente así deberían sonar las sirenas y movilizarse los psiquiatras maníacos de la medicación, no dándoles pastillas sino rodillazos tipo 'despierta y entérate'".Sería necesario estar totalmente desconectado de la realidad para no sentirse afectado por una humanidad que, según Brum, marcha a la deriva en muchos aspectos.En un contexto así, los "felices y saltarines" serían más bien los alienados mentales de nuestro tiempo, es decir sujetos que prefieren estar emocionalmente anestesiados.Los psicofármacos en la sociedad contemporánea hacen las veces de las pastillitas de la felicidad. No es casual que se haya extendido el uso de estos medicamentos para tolerar las contradicciones de la vida.Hay medicamentes psíquicos para dormir, para despertar, para encontrarse menos ansiosos, para llorar menos, para conseguir trabajar, para ser "productivos", y demás.Brum percibe una tendencia moderna a hospitalizar la vida, cree que una visión sanitarista de la existencia se yergue en todos lados con el propósito de neutralizar la pandemia de malestar.Pero este fenómeno mental, dice, no es un virus, un algo que fuera imperioso silenciar, sino todo lo contrario."Defiendo el malestar -el suyo, el mío, el nuestro- como aquello que desde las cavernas nos mantiene vivos e hizo del Homo Sapiens una especie altamente adaptada, aunque destructiva y, en los últimos siglos, también autodestructiva", reflexionó.Según la escritora, "el malestar es lo que nos avisa de que algo va mal y que hay que cambiarlo. No como un acto fácil, una regla de autoayuda, sino como un cambio de posición".
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