Cuando el poder se hace también cultura
Es tan cierto que los gobiernos se nos asemejan, reflejan lo que somos como sociedad, como que ellos son capaces, además, de dejar una fuerte impronta entre sus gobernados.La corrupción, la incultura y la incapacidad de la dirigencia política es la causante de nuestros males. Este es el razonamiento más común entre los argentinos.Ahora bien, esta creencia deja de lado la otra cara de la moneda: los integrantes de la misma sociedad que, así, no registran que no son muy diferentes de los acusados.Esta parte acusadora actúa como si los incriminados fueran seres extraterrestres o provenientes de otras culturas. Sin embargo, se olvida el hecho de que es casi imposible que los representantes de un pueblo sean muy diferentes de lo que el pueblo es.¿Nos sorprende acaso que desde el poder político se haga cualquier cosa para mantenerse en el poder, como las candidaturas testimoniales y las últimas maniobras del oficialismo en el Senado?¿Nos sorprende que los políticos quiebren las reglas de juego institucionales? Es cierto, son ellos después los que piden a los gobernados que respeten la autoridad y se quejan de los "climas destituyentes".Pero a no engañarse: la anomia forma parte de nuestro carácter nacional. Se actúa desde el poder en la más absoluta impunidad, porque antes hay una sociedad que desprecia la legalidad.La Argentina es un país que vive por fuera de la ley. Llevamos en nuestros genes la violación de los códigos. Lo anómalo e ilegal habita en nuestros cromosomas.Tenemos siempre un argumento a mano para quebrar el orden público. Celebramos la mentira y el disimulo, como en el truco. Y admiramos en un punto las "agachadas" de nuestros políticos.Los gobiernos, a su vez, confirmando que la relación entre el arriba y el abajo es circular, dejan su impronta en la sociedad. Contagian su estilo y su ethos a los gobernados. Se habló mucho, al respecto, de la "menemización" de la sociedad argentina en los '90.Menem y los suyos transmitieron su ideología a gran parte de la ciudadanía, algunos de cuyos aspectos eran exacerbaciones de debilidades nacionales.Todo indica que el kirchnerismo también se ha hecho cultura entre nosotros. Así lo expresa en un ácido comentario por La Nación Jorge Fernández Díaz, espantado por lo que leyó en Internet el día que operaban de urgencia a Néstor Kirchner."Viva el ateroma", decía la leyenda, que remedaba el tristemente célebre "Viva el cáncer", que le pintaron a Eva Perón. Según Díaz: "Esa apología del ateroma es un síntoma aberrante y patético, la punta del iceberg de una inmensa montaña helada de rencor y enfrentamientos sociales".El odio proclamado en el ciberespacio "tiene un correlato diario en las casas, los bares, los taxis, los trabajos y los medios de comunicación de la Argentina", escribió.En esencia, la lógica amigo-enemigo, clave axiológica del kirchnerismo, ha hecho metástasis en la sociedad. El mal ha sido inoculado a los supuestos adversarios del gobierno, a la opinión pública y al resto de la sociedad."Tengo una noticia catastrófica para todos ustedes: Néstor Kirchner triunfó", le dice Díaz a esa gente. Los opositores, al final, se han kirchnerizado: asumen la misma intolerancia que combaten, hacen lo mismo que critican.El maniqueísmo oficial, montado sobre el resentimiento, se ha hecho cultura. "Convertirse en Kirchner para derrotar a Kirchner, implica un error tremendo", advierte Díaz.Las sociedades, que nunca son inocentes, suelen adoptar pautas de conducta y pensamiento de arriba. En el caso argentino, una concepción binaria de la realidad, con su carga de violencia hacia el otro que piensa distinto, con su manía enferma de separar a los mortales en buenos y malos.
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