Cuando la corrupción deviene en statu quo
Hay conductas en la vida pública que, aunque reñidas con la ética, se vuelven rasgos dominantes de una sociedad. Es una estructura que subyace omnipresente, más allá de los avatares históricos.La corrupción pública, así, puede convertirse en un mal transversal, cuya vigencia resulte imposible de desmontar, toda vez que se ha vuelto algo connatural.Hay razones para sospechar que el país tiene aquí su principal talón de Aquiles. Nos subleva cuando desde afuera ponen el dedo en la llaga. Aquello del ex presidente uruguayo Battle, de que "los argentinos son una manga de ladrones", nos resulta intolerable.Sin embargo, asentimos con aquel "si los políticos dejamos de robar durante dos años, se arregla la crisis", de Luis Barrionuevo, a quien se le reconoce la audacia de decir lo que todos piensan.Aunque lo del gremialista esconde una trampa: exculpa a la sociedad. Estos días, al comparar el último escándalo de canje de votos por favores en el Congreso con la famosa "Banelco" del gobierno de la Alianza, un ex ministro puso las cosas en su lugar."Los argentinos no somos una sociedad de virtuosos cooptada por extraterrestres inescrupulosos que ocuparon el lugar de nuestra dirigencia", afirmó Martín Lousteau.Es decir, lo que ocurre en el Estado, en la gestión de lo público, es un epifenómeno de un estado de conciencia de la sociedad.Los actos de corrupción van desde fraudes y mentiras, sobornos, privilegios y favoritismos, uso discrecional y arbitrario del poder; pasando por nepotismo, prevaricación y manipulación; hasta corrupción ambiental, malversación de fondos, y demás.Un sistema es corrupto cuando el Estado es manipulado en beneficio de unos pocos. Cuando hay una apropiación sistemática de los recursos públicos, orientada a enriquecer a grupos amigos.Al modelo de los '90 se lo critica, con razón, porque las privatizaciones convertían en "privado" un servicio público. Pero se olvida que también es funesto apropiarse "privadamente" de los dineros públicos.Tampoco encaja con una ética republicana la acumulación desorbitada de poder en el Ejecutivo para desde allí anonadar a los otros poderes del Estado (Congreso y Justicia).Y degrada tanto las instituciones dar protección estatal a gente sospechada de enriquecimiento ilícito, o a cúpulas sindicales mafiosas, como hacer un gerenciamiento clientelístico de la miseria.Sin embargo, muchos de estos vicios, a fuerza de practicarse tanto tiempo con impunidad, dejan de ser tales a los ojos de la opinión pública la cual, acostumbrada a que sucedan, los termina asimilando como algo normal. Es decir, como dicen los sociólogos, se "naturalizan".A la adaptación a lo criminoso y anormal, a "la aceptación como estado habitual y constituido de una irregularidad", de algo que mientras se acepta sigue siendo indebido, Ortega y Gasset le llamaba "encanallamiento".En Argentina lo "políticamente correcto" es ser progresista. Es decir aparecer del lado de los que cambian la realidad, frente a las fuerzas reaccionarias que se resisten a ello.La izquierda en su génesis ha surgido para combatir el statu quo, es decir lo establecido, un orden vigente visto como injusto. La pregunta es, ¿no es la corrupción en la Argentina el statu quo a combatir?No debe haber algo más atávico, conservador y reaccionario que la corrupción en la vida pública, un mal sistémico que gangrena la República y envilece la convivencia política."Veo bandas rapaces, munidas de codicia, la más vil de todas las pasiones, enseñorearse del país, dilapidar sus finanzas, pervertir su administración, chupar su sustancia, pavonearse insolentemente en las más cínicas ostentaciones del fausto, comprarlo y venderlo todo, hasta comprarse y venderse unos a otros a la luz del día", se quejaba proféticamente José Manuel Estrada, allá por 1890.Estrada estaba contra el statu quo. Y por la revolución de la decencia.
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