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Cuando de la galera no salen conejos

Los ilusionistas asombran mostrando una realidad ficticia, los cómicos divierten jugando con palabras sobre realidades ficticias, los adivinadores lucran con ellas. Lo único que tienen en común es que todos son conscientes de que, de algún modo, manipulan la realidad.

¿En dónde estriba la genialidad de los adivinadores, pitonisas, astrólogos y demás videntes del futuro? Se me ocurre arriesgar que la clave del éxito está en encontrar, por un lado, las palabras, las expresiones y las aseveraciones más cercanas a lo ambiguo posible y, por el otro, alguien lo suficientemente necesitado de escuchar eso e interpretarlo de acuerdo con sus necesidades. Esto es lo que se denomina anfibología y es la utilización de frases o palabras que pueden tener más de una interpretación.

Solo hace falta apelar un poco a la memoria y recordar frases de horóscopos tales como: Llega eso que tanto esperaba (que puede ser tanto un paquete por correo como un hijo). O: Alguien en quien confía ciegamente lo defraudará. Cuidado con la dieta. Encuentro inesperado. En fin, podría pasar toda la columna escribiendo ejemplos, pero, creo, ya el lector se habrá dado cuenta hacia dónde vamos yendo.

Que mucha gente tiene vocación de opinólogo quizás pueda no ser ilícito, pero a veces, dependiendo el lugar que se ocupe, ciertas aseveraciones tienen mayor peso por provenir de quien lo dice o desde el lugar desde donde las dice.

Desde el inicio de la pandemia, o mejor, desde antes que esta se iniciara y cuya aparición y consecuencias no lo vio venir ni Nostradamus (no aplica lo que se encuentra en todos los libros de presagios que siempre dejan una puertita abierta: catástrofes inesperadas, conmoción mundial, etc. como ya hemos citado antes), comenzamos a observar y/o escuchar la más variopinta caterva de “Licenciados-en-casi-todo” haciendo pronósticos, elaborando y desarrollando teorías conspirativas de todo tipo y pelaje o anunciando curas milagrosas que duraron lo que demoraron en aparecer otras con nombres más interesantes o marketineros.

Algunos de estos desinformadores fueron perdiendo entidad rápidamente, otros fueron perfeccionando el arte de alarmar sin decir nada concreto o basándose apenas en pseudo ciencia mezcla de epidemiologia, estadística y metafísica generando legiones antagónicas enfrentadas entre sí sin saber bien por qué, pero enfrentadas al fin.

En medio de todo esto, el ciudadano pierde su condición de tal para pasar a ser público. Rating. Número. Audiencia. Todo vale para que la atención no se pierda. Que se pierda la seriedad, la vergüenza, pero que no se pierda la atención. Pero ¿qué pasa cuando al payaso se le despinta la sonrisa? ¿qué queda debajo sino el patético rostro de quien finge ser otro?

Confieso que me suele causar gracia cuando veo o escucho a ciertos comunicadores comunicando disparates, otras veces no me causan gracia, me dan pena. Y otras, preocupación.

En medio de la incertidumbre, el agotamiento mental, la angustia ante la falta de trabajo y el cada vez menos claro horizonte económico; un ex presidente que no es cualquier ex presidente ya que a este le tocó estar al frente de una de las crisis más profundas de nuestra historia como fue la del 2001, en donde cambiamos de presidente más rápido que de zapatos; aparece de repente, casi salido de la nada y, como quien no quiere la cosa, anuncia que se está gestando un golpe de Estado. Así nomás. No es que estaba comentando la puesta a prueba de la vacuna número 86 o el pronóstico de la temporada turística para el próximo verano; anunciaba con un aire de tranquilidad como quien habla del clima, que alguien le había advertido que se estaba gestando un golpe de Estado en nuestro país. Curiosamente, tal peligroso dislate tuvo menos repercusión que la separación de una modelo o el esguince de un futbolista en la liga europea. Pero una pequeña repercusión tuvo y por lo tanto hizo una gira por los canales de televisión en donde, con una sonrisa inexpresiva clavada en el rostro, confesaba que todo fue producto de un brote psicótico. Listo, fin de la historia. Vamos a un corte y volvemos.

Nuestro país, después de tantos años de haber padecido la última dictadura, aún trata de rehacer una historia que no por reciente resulta tan clara, todavía hay abuelas que esperan encontrar a sus nietos antes de que la muerte se las lleve y huesos que aguardan silenciosos las lágrimas que los entierren para descansar en paz. En ese país, en donde la palabra golpe de Estado tiene sabor a tortura, a dolor y a muerte, se desliza este vaticinio. O advertencia. O quién sabe qué quiso ser ese anuncio.

Nada es casual, nada es inocente, menos aun cuando surge de quien se supone que sabe manejar la información con sutileza y la sutileza con inteligencia. Este ex presidente, ¿estaba vaticinando, adivinado, alucinando o qué? ¿o estaba tan aburrido por la pandemia que sólo quiso ser cómico auto diagnosticándose psicótico?

Con el ilusionista uno puede asombrarse, con el cómico divertirse y con los adivinadores calmar la ansiedad o ser un ingenuo partícipe necesario de un timo; con este incalificable acto de irresponsabilidad yo, particularmente, no sé si asustarme, entristecerme o preocuparme, entonces, busco compartir estos pensamientos mediante esta columna dominical imaginando que alguien, quizás, del otro lado de estas palabras sienta algo parecido y eso me haga sentir menos solo. O menos triste. O menos loco.

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