Cuando la inflación resulta desagradable
Hasta ahora la suba de precios no ha sido percibido, por el grueso de la población, como una amenaza a su bienestar. Pero hay indicios que sugieren un cambio de percepción.Al comparar cuán rápido aumenta el costo de vida con la velocidad a la renta de los hogares, es posible calcular a qué ritmo está mejorando el nivel de vida de la sociedad.Cuando los salarios aumentan más rápido que la inflación, las personas tienen más dinero en su bolsillo después de haber pagado su canasta de compra semanal: su nivel de vida mejora.En cambio, si la inflación va por delante de los salarios de las familias, su nivel de vida decae: las personas no pueden permitirse comprar tantos bienes como antes. Entonces, la suba de precios se percibe como amenaza.Al menos hasta ahora, los defensores de la política oficial han minimizado la suba de precios, diciendo que al final los asalariados, en negociaciones libres, lograban mejoras en sus ingresos superiores a esa suba.Antes de convertirse en opositor, y ponerse en la vereda de enfrente del oficialismo, Hugo Moyano, siendo mandamás de la CGT, decía: "Prefiero este poco de inflación y no la deflación que se pagaba con puestos de trabajo".Y agregaba: "Que haya un poco de inflación y que siga generando puestos de trabajo, aumentos salariales, consumo masivo, no es malo para un país, lo que es malo es la deflación".Según este razonamiento, la inflación es necesaria para que la economía funcione. Cuando una economía crece con rapidez, los empleados reciben aumentos salariales generosos, lo que significa que gastarán más en bienes y servicios. En respuesta a este incremento de la demanda, los precios tienden a subir, ya se trate de las casas o de los cortes de pelo.Esta lógica de bienestar, pese a la presencia de la inflación, estaría en la base del consenso social que ha cosechado hasta acá el modelo económico, que ha sido varias veces plebiscitado.Ahora bien, la historia enseña que una economía puede hacerse adicta a la inflación, y ésta dejar de ser vista como panacea para convertirse al cabo en una maldición. Es cuando la suba de precios supera las rentas hogareñas.Entonces cuanto más sube la inflación, más descontento causa entre los trabajadores- y en general entre quienes perciben un ingreso fijo-, que ven cómo su nivel de vida se deteriora.Los trabajadores exigen salarios más altos, y si lo consiguen, gastarán su dinero extra. Esto, a su vez, anima a los comerciantes a elevar los precios, lo que hace aumentar todavía más la inflación, y lleva a los empleados a pedir a sus jefes nuevos aumentos.Entre tanto las empresas y las familias se sienten inseguras por la velocidad con que suben los precios, dejan de invertir y de ahorrar. Si la situación no se controla a tiempo, la escalada de precios puede convertirse en un fenómeno irrefrenable, en cuyo caso se pone en peligro la economía y la paz social.La Argentina, que viene conviviendo con una inflación de dos dígitos, más allá de los datos del Indec, ¿en qué fase inflacionaria se encuentra? ¿Todavía la suba de precios no menoscaba el poder adquisitivo de la población o empieza a ser percibida como algo desagradable?Hay quienes piensan que la inflación suele traer al principio una prosperidad temporal. Es decir, produce cierta euforia hasta que, pasado cierto umbral, actúa como un boomerang, y luego es difícil salir de ella.Kart Otto Pöhl, ex presidente del Bundesbank, dijo. "La inflación es como la pasta de dientes; una vez fuera (del tubo), es muy difícil devolverla adentro".
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