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Luis Castillo

Cuando los Reyes magos ya no vienen

Ante realidades que no pocas veces nos son adversas, imaginamos. Soñamos. Anhelamos nuevas realidades, nuevos mundos; generamos expectativas.

El psicólogo y epistemólogo Jean Piaget aseveró que los niños tienen la tendencia a creer que solo con la fuerza de sus pensamientos −es decir, de sus deseos−, pueden hacer que las cosas sucedan. Esto ocurre por la incapacidad de distinguir entre el mundo subjetivo que crean en su mente y el mundo externo y objetivo. Piaget denominó a este fenómeno “Pensamiento mágico” y afirmaba que finalizaba alrededor de los 7 años. Hoy, podemos ver que esto no es así ya que la mayoría de las personas adultas mantenemos, de un modo u otro, ese pensamiento mágico, aunque bajo diferentes formas o modos de sentirlo y expresarlo.

Uno de esos modos es mediante la generación de expectativas. No es lo mismo lo que deseamos que suceda en una situación determinada y lo que realmente ocurre. Eso está claro. Sin embargo, buscamos que la realidad se amolde a nuestros deseos o necesidades, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué es la realidad? ¿Existe realmente “una” realidad?

Según las visiones construccionistas en psicología, la “realidad” es una construcción llevada a cabo por quién la observa y es, por lo tanto, subjetiva. Todo cuanto vemos y escuchamos, leemos u observamos, pasa a través de nuestro filtro personal, construido sobre la base de nuestros valores, creencias, experiencias, características psicológicas, además del contexto cultural vigente del momento y el lugar en que vivimos; por lo tanto, de acuerdo con esto, existen tantas realidades como personas. Tantos mundos como personas, diría Paul Auster cuando expresa: “No hay una sola realidad. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo. Sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo… cada mundo es la creación de un individuo.”

Quizás por eso sea tan difícil ponerse en el lugar del otro, intentar comprender los sentimientos del otro. Habitar su mundo, en definitiva. La única verdad es la realidad, afirmó Aristóteles, pero, si no hay una sola realidad, ¿cómo podemos pensar que sólo hay una verdad? ¿Y que además de que es única, sea la nuestra?

Es entonces cuando nacen las expectativas, que no son sino construcciones subjetivas de sucesos futuros. El verdadero problema con las expectativas radica en esperar que algo suceda sin tener buenas razones para que ello suceda, es decir, si sentimos que por el solo hecho de desear algo con vehemencia, esto sucederá, no estamos sino apelando a ese pensamiento mágico al que hacíamos mención al principio y, sin saberlo, sentando las bases para una segura decepción. Y esto sucede tanto en el plano individual como en el colectivo ya que en determinadas situaciones actuamos como sociedad bajo el influjo de ese pensamiento mágico, de esa necesidad de creer que todo cambiará −para bien, claro− solo por creer o querer que eso suceda, aunque, en el fondo sepamos que no hay elementos de peso para ese cambio. Tal como lo vemos con frecuencia tanto en el plano de la política, por ejemplo −el plano de lo colectivo− o con los sentimientos, en el plano de lo personal. En el primer caso es lo que se conoce como el “Efecto del Falso Consenso”, un fenómeno psicológico según el cual solemos pensar que, si un gran número de personas piensan como nosotros, seguramente tenemos la razón. Lo cual me recuerda, inevitablemente, aquel viejo afiche (no existían los memes por ese entonces) que rezaba “Millones de moscas no pueden estar equivocadas, como caca”. En cuanto a lo personal, por otro lado, la expectativa más frecuente se observa en las parejas y es la de que lograremos cambiar al otro u otra: quizás ahora las cosas no están del todo bien, pero, “sabemos” que todo va a cambiar cuando el/ella cambie. Lo que en, general, no sucede o, de suceder, lo hace a un costo demasiado alto para quien debe resignar sus propios deseos, su visión, su realidad, su mundo, en definitiva, al otro o a la otra.

Ahora bien, volviendo a la política, hace ya algunos años, Stephen Medvic planteó en “In defense of politicians”, el riesgo que significa para una democracia, la enorme disparidad existente entre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos y lo que realmente estos les ofrecen. Algo que los politólogos denominan la “trampa de las expectativas”, que surge de un probablemente lógico elevado grado de exigencia de la gente respecto de los dirigentes políticos; situación que, en general, se ve opacada por la realidad y que puede terminar conduciendo a la anti política a aquellos ciudadanos desencantados que esperaban demasiado de sus representantes. Esta actitud −escribe Juan Rodríguez Teruel− “deja a los políticos a la intemperie, puesto que siempre serán culpados tanto si hacen como si no hacen. En último extremo, se trata de un fenómeno que amenaza con erosionar la imprescindible confianza de los ciudadanos en los políticos y en las instituciones”. Para Medvic, en el libro antes mencionado, la ‘trampa de las expectativas’ surge de tres grandes contradicciones que subyacen en nuestras expectativas respecto de los políticos: esperamos de los dirigentes políticos que lideren, que marquen orientaciones a la ciudadanía y, a la vez, que estén dispuestos a ser dirigidos por los ciudadanos, que no es otra cosa que saber escuchar al pueblo; esperamos líderes políticos que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, pero que a la vez estén dispuestos −de ser necesario− a renunciar a ellos, que sean pragmáticos y alcancen acuerdos en los grandes temas con sus opositores y, finalmente, esperamos líderes de cualidades excepcionales, de formación y comportamiento sobresalientes, a la vez que se muestren ordinarios, cercanos al individuo común y representativos del colectivo social.

Ya sé, no me lo diga, esperar que, en este sentido, se cumplan nuestras expectativas es prácticamente una apuesta al desencanto y la desilusión, pero, como reflexiona Rodríguez Teruel: “Por un lado, los políticos tienden a abusar de los mensajes populistas para atraerse el apoyo de los ciudadanos. Pero no es menos cierto que los ciudadanos parecen muy proclives a responder positivamente a las ofertas más populistas que les hacen sus representantes, siempre que estas puedan resultarles individualmente beneficiosas”. Desde “La revolución productiva” a la “Pobreza cero”, pasando por cada una de las promesas propias de cada provincia, distrito o municipio en donde, como afirmara el propio Menem con su característica cínica sonrisa: “Si decía lo que iba a hacer no me votaba nadie”, parece que solo asistimos a un mitin o ponemos nuestro voto en la urna munidos apenas con el caudal del pensamiento mágico, de las expectativas carentes de lógica, las que nos llevan a reírnos como imbéciles cuando ese mismo presidente nos decía: "Dentro de poco tiempo se va a licitar un sistema de vuelos espaciales mediante el cual desde una plataforma, que quizá se instale en Córdoba, esas naves van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera, y desde ahí elegirán el lugar donde quieran ir, de tal forma que en una hora y media podremos estar en Japón, Corea o en cualquier parte del mundo y por supuesto, más adelante en otro planeta si se detecta vida“. La culpa no es del chancho, dicen en el campo.

Nuestro cerebro está preparado para generar expectativas sobre aquello que nos rodea, especialmente ante eventuales acontecimientos negativos, lo cual convierte a estas en un mecanismo de supervivencia a partir de anticipar amenazas y planificar cómo resolverlas. A medida que vamos obteniendo más experiencias vitales, esas expectativas comienzan a abarcar cada vez más áreas, desde las más básicas, ser amados por mamá y papá, obtener una buena nota de un examen, conseguir un buen trabajo, una vivienda digna, una familia; en definitiva, la búsqueda de la felicidad bajo sus diferentes formas. Pero eso, generalmente, no sucede tal cual lo esperamos. No al menos tan solo por desearlo o por creer a ojos cerrados en promesas a todas luces incumplibles. Provengan de quien provengan. Quizás por eso nos duela tanto enterarnos que el Ratón Pérez, Santa Claus o los Reyes magos no existen y, en nuestro dolor, intentamos, inconscientemente −o no− generar nuevos reemplazantes que nos cuiden, nos protejan, nos valoren, nos amen.

Y ahora, en plena pandemia, repetimos la conducta de esperar que todo pase sin hacer demasiado, solamente esperar a que todo pase. ¿Usar barbijo?; no ¿vacunarme?, no; cumplir las normas?, no. Sólo esperar que pase. Tener fe.

Siempre recuerdo cuando era estudiante y, antes de dar un examen, mi madre, que es muy creyente y sabia −pese a que a duras penas terminó la escuela primaria− me decía: “Yo voy a rezar para que te vaya bien; vos, mientras tanto, estudiá”.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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