Cuando ser adulto no es algo deseado
Pasaron los tiempos en los cuales se imitaban a los padres y maestros y los jóvenes estaban deseosos de ingresar a la vida adulta. En la posmodernidad, la adultez debe lidiar con un aura de cosa indeseada.Para muchos psicólogos y pedagogos ahí radica el cambio cultural de fondo que explica el derrumbe de la "autoridad", fenómeno que impacta en todos los órdenes de la sociedad, sobre todo en la escuela.Se está frente a un estado de la opinión y de las costumbres que implica la caída de un ideal, el de la adultez, identificado con lo obsoleto, y la exaltación subsecuente de la juventud, expresión de un vitalismo deseado.Es la tesis del libro "Un mundo sin adultos", del argentino Mariano Narodowsky, ex ministro de Educación porteño y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella.En diálogo con el diario 'La Nación', el académico explicó que el escrito pretende ser una reflexión sobre los cambios en la relación entre generaciones, entre padre e hijos, entre docentes y alumnos."Fuimos parte de una cultura que era dominada por adultos que sabían y niños y adolescentes que eran definidos por ser dependientes e ignorantes y, por eso, debían obedecer a los grandes", sostuvo al describir una época ida.Y agregó: "Este esquema de trasmisión intergeneracional tiende a desparecer y ahora son los chicos los referentes centrales: nadie quiere asumirse como adulto y a nadie le parece que haya que seguir el ejemplo de los ancianos".Narodowsky sugiere que este cambio afecta al corazón de la escuela, concebida como institución que hace posible la socialización de las nuevas generaciones, en su tránsito a la adultez.Si nadie quiere asumirse como adulto, ¿qué sentido tiene concurrir a una institución donde una persona mayor, el docente, pretende impartir saberes y experiencia del mundo adulto?En este contexto es una imagen del pasado la del niño o adolescente dependiente y obediente, deseoso de aprender cosas del mundo de los mayores. "La obediencia entre generaciones es una práctica en extinción porque los referentes a obedecer están desapareciendo", sostiene Narodowsky.Y se pregunta: "¿A quién habría que obedecer? ¿Por qué motivos? Nos guste o no, la concepción educacional y de crianza ya no está basada en la obediencia sino en la denominada 'participación crítica'. Obedecer es una mala palabra. Pedir que hoy un niño obedezca a un adulto es de facho".Pero en su opinión la autoridad pedagógica en el aula no se puede eliminar. El maestro representa el conjunto de la sociedad. Realiza su tarea en función de una suerte de mandato social.Aunque la vieja asimetría adulto-niño es criticada por autotitaria, Narodowsky cree que la única forma de educar es que exista alguna "asimetría" entre maestros y alumnos en el aula.La relación pedagógica, por tanto, no sería entre iguales sino que necesitaría de una autoridad, pero ésta ha dejado de ser evidente y algo que se impone porque sí.Los educadores deben salir a construir todos los días esa autoridad, si quieren enseñar. "Hace 50 años un maestro era legítimo por ser adulto: hoy debe salir a ganar su legitimidad en cada hora de clase", sostiene el autor de "Un mundo sin adultos".Vivimos en una época, en suma, donde la idea de prepararse para enfrentar los desafíos de la vida adulta ya no moviliza a los más jóvenes. Por el contrario, lo que debe justificarse ahora es la edad avanzada, que se halla bajo sospecha de obsolescencia.
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