¿Cuánto valen nuestros hijos para Instagram?
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Son las dos de la mañana. En una casa cualquiera, una niña de trece años sigue con el celular en la mano. Ya no sabe qué está mirando, pero no puede dejar de hacerlo. Un video, otro, la foto de una compañera con un filtro que le afina la cara, una notificación, otro video. A la mañana tiene escuela. Sus padres duermen, convencidos de que ella también.
Del otro lado de la pantalla hay una empresa que no sólo sabe exactamente lo que está pasando. Lo calculó.
En 2018, en un correo interno, Meta, la dueña de Instagram y Facebook, estimó cuánto vale un chico de trece años para su negocio: unos 270 dólares durante su vida como usuario. No es una metáfora. La cifra figura en la demanda que más de treinta Estados norteamericanos presentaron contra la compañía en 2023, construida con los propios documentos de la empresa.
Esos documentos cuentan una historia incómoda. Los menores eran un público estratégico: son más fáciles de influir con publicidad, pueden quedar atados a la plataforma de por vida y marcan las tendencias que después sigue todo el mundo. La empresa (Meta) tenía estudios propios sobre cómo Instagram hacía sentir peor a muchas adolescentes con su cuerpo, y sabía que había millones de usuarios menores de trece años.
Lo más grave no es que lo supiera, sino lo que hizo con eso. Los correos muestran a directivos discutiendo cambios para proteger a los chicos. Pero la cuenta era simple: menos tiempo en la aplicación significaba menos publicidad vista, y menos publicidad, menos ganancia. Entre la salud de los chicos y la facturación, eligieron la facturación. Los estudios quedaron guardados hasta que, en 2021, una exempleada, Frances Haugen, los sacó a la luz. Los fiscales compararon el caso con el de las tabacaleras: sabían y lo ocultaron.
La trampa de lo gratis
Nadie paga por tener Instagram, y esa es la trampa. Sus términos de uso lo dicen sin vueltas: en lugar de pagar, el usuario acepta que le muestren publicidad y que usen sus datos para eso. El chico paga con su tiempo, su atención y su intimidad. Cada minuto extra frente a la pantalla es plata para la empresa.
Por eso nada está librado al azar. El algoritmo muestra lo que más engancha, el desplazamiento no tiene final, las notificaciones llegan en plena clase o de madrugada y los “me gusta”, convierten la autoestima en un número. No es un defecto del producto. Es el producto.
El mundo está mirando
Hace pocas semanas, Meta aceptó pagar cerca de 17.000 millones de dólares para cerrar el reclamo de más de cincuenta Estados y territorios norteamericanos, y cambiar sus plataformas para los adolescentes de ese país: límite de dos horas diarias, bloqueo entre la medianoche y las seis, notificaciones apagadas de noche y en horario escolar, “me gusta” ocultos y restricciones a los filtros que deforman la imagen. No reconoció responsabilidad, pero ninguna compañía paga esa cifra y modifica su producto estrella por algo sin sustento.
Meta siempre pudo proteger a los chicos. No lo hizo porque no le convenía, y solo cambió cuando le costó 17.000 millones de dólares. La pregunta que hoy se hacen familias, escuelas y tribunales en todo el mundo es por qué esa protección depende del país en el que se nace.
¿Y los nuestros?
En la Argentina, según el informe Kids Online 2025 de UNICEF, ocho de cada diez chicos usan redes sociales todos los días. Entre los de 9 a 11 años, que ni siquiera tienen la edad mínima que exigen las plataformas, lo hacen casi seis de cada diez. Siete de cada diez tienen perfil en Instagram, y casi la mitad reconoce tener un uso problemático de internet y del celular. Usan la misma aplicación que un adolescente de California, con los mismos mecanismos, pero ninguna de esas protecciones llegó acá.
Siempre aparece quien dice que es un problema de los padres. Los padres son fundamentales, pero no pueden pelear solos contra un sistema diseñado por miles de ingenieros para atrapar la atención de sus hijos. El cambio tiene que venir del producto, y para todos.
Lo que pasó en Estados Unidos es una señal clara: a Meta se la puede llevar a la Justicia por las consecuencias que su diseño tiene sobre chicos, chicas y adolescentes. En la Argentina, la Ley de Defensa del Consumidor ofrece las herramientas para hacerlo.
Meta ya les puso precio a nuestros hijos, pero –al menos por ahora– las medidas de protección que aceptó implementar en Estados Unidos no se extienden a los niños argentinos.
Chicos, chicas y adolescentes argentinos tienen los mismos derechos que los de Estados Unidos. Usan las mismas plataformas, con los mismos algoritmos y los mismos riesgos. Entonces, ¿por qué no merecen la misma protección? ¿Acaso para Meta nuestros hijos valen menos?
Por Jeremías Irigoytia
Abogado especialista en derecho del consumidor

