Opinion |

¿Cuántos 'Fernando Báez' se necesitan para conmovernos?

La muerte de Fernando Sosa nos pone de nuevo en una encrucijada. ¿Qué estamos haciendo con los chicos? ¿Hacia dónde los estamos llevando con nuestra indolencia? ¿Seguiremos ciegos, sordos y mudos ignorando una realidad que nos explota en la cara? ¿Somos concientes que 'Fernandos Báez' hay decenas todos los días en todo el país?

Jorge Barroetaveña

La única diferencia es que lo que pasó en Gesell acabó con una vida. La vida intocable de un chiquilín que estudiaba, tenía proyectos, era mimado por sus viejos y tenía todo por delante. ¿Quién tiene derecho a terminar con eso? Nadie, absolutamente nadie y menos, pares con tantos proyectos como él. Porque la dimensión de la tragedia, no sólo incluye a la víctima, también a sus victimarios que se han convertido casi en muertos en vida. Pasarán casi toda su vida plena en la cárcel pagando por lo que hicieron y cuando salgan, nada será igual.

Qué fácil sería echarle la culpa de todo al rugby, un deporte que se caracteriza por transmitir valores cuestionados por la sociedad actual. Qué fácil sería porque se podría sacar un decreto prohibiendo la práctica de este deporte y se acabaría el problema. No habría más violencia en nuestras calles ni entre nuestros chicos. El reduccionismo es útil para evadir el debate de fondo y mirarnos en el espejo de nuestros propios errores.

Los niveles de violencia y agresividad que se verifican entre los jóvenes no son muy distintos a los que se observan cada día de nuestra vida cotidiana. ¿Cuántas discusiones callejeras de tránsito han terminado con muertos? ¿Cuántas peleas entre vecinos por música fuerte o una medianera mal hecha, han terminado a los tiros y con gente muerta? Los asaltantes que golpean y golpean jubilados para robarles 800 pesos, ¿no son producto de esta misma sociedad? ¿Los niveles de violencia verbal que se registran en cualquier discusión, sea política, social, económica, religiosa o hasta futbolística, no son otra muestra de la mecha corta que guía nuestros pasos? ¿O acaso descalificar al que piensa distinto no esconde un nivel de intolerancia supino que nos retrotrae a los peores tiempos? ¿La famosa grieta no es acaso otra muestra de violencia solapada? Eso de poner al otro del lado, bien lejos, para ni siquiera tener que escucharlo.

La desigualdad existió siempre, desde que el hombre es hombre. Y la Argentina nunca estuvo exenta de esa máxima. Pero hubo algo que caracterizó nuestra joven vida de país y fue un sello distintivo que nos enorgulleció por años: la educación. Las escuelas se convirtieron, desde que los visionarios fundadores las pergeñaron, en fraguas de integración social. El rico y el pobre recibían la misma calidad de instrucción. La Argentina era un país de oportunidades para todos, incluso para aquellos que habían nacido en la pobreza. Nuestra movilidad social, aquello de ‘mi hijo el doctor’, fue un sello distintivo que nos hacía inflar el pecho. Pasaban las crisis pero Argentina seguía teniendo ese motorcito que la impulsaba. Qué pasó sería largo de explicar y una concurrencia de razones. Pero la escuela pública se fue deteriorando, tanto como los valores que la sostenían. Políticas equivocadas, ignorancia, intereses, fueron dejando en el camino aquella impronta distintiva.

Si nuestra crisis de valores es pre o pos, no tiene sentido debatirlo ante el ‘es’. ¿Cuál es el modelo de sociedad exitosa que hemos pergeñado? ¿Qué es lo que maman las nuevas generaciones? ¿Dónde fue a parar aquel modelo que decía que estudiar y prepararse, a la larga en la vida tenían recompensa? ¿Adónde quedó la idea que el mérito tenía reconocimiento tanto como el esfuerzo sostenido? Hoy todo es fácil, todo es rápido. A nuestros viejos y abuelos les llevó una vida poder consolidarse para vivir dignamente, buscando que sus hijos tuvieran una mejor calidad de vida que ellos. Tenían claro, otra noción del esfuerzo. Muchos llevaban el ADN de los inmigrantes que llegaron en los siglos XIX y XX y sabían bien lo que era pasar hambre.

¿Quién permite que los chicos se pasen las horas tomando alcohol y expuestos a consumir otras cosas más pesadas? Que arranquen con previas, que pasan de largo el boliche y se instalan cómodamente en la mañana y llegan hasta el mediodía? No se trata de ‘aggiornarse’ a los tiempos, de ser conservador o viejo protestón. Se trata de preservarlos a ellos y de mostrarles que otra forma de divertirse es posible. ¿O acaso en los últimos años no han proliferado las fiestas de la primavera con la consigna ‘sin alcohol’?

Alguno dirá que es inocente el planteo. Que las soluciones pasan por otro lado. Pero por algo hay que empezar. Y cada uno los deberes. El estado legislando y haciendo cumplir las leyes, controlando como corresponde. Las familias conteniendo y marcando el camino, con errores y aciertos. Y los padres ejerciendo el rol de tales. No somos amigos de nuestros hijos. Somos padres que deben poner límites. Mostrarles que hay más caminos por recorrer y que la vida es un ejercicio cotidiano que mezcla esfuerzo y diversión. Tómense estas líneas como una reflexión abierta y en voz alta de un padre preocupado por el futuro de sus hijos. El de todos al cabo.

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