Cultura política en descomposición
El conflicto desatado entre el gobierno y el jefe del Banco Central no sólo ha aguzado el clima de crispación política. Es sobre todo un síntoma de un modelo político ya en agonía. La pelea doméstica traspasó la frontera. La percepción en el exterior es que la política criolla lleva en sus genes una dosis de surrealismo que la hace definitivamente exótica.¿Es la Argentina, acaso, un país que se puede gobernar a sí mismo? La pregunta es de un de una gravedad inusitada. Que adquiere una resonancia superlativa a 200 años de una revolución que proclamó en esta tierra el "gobierno propio".La inauguración del año del Bicentenario nos encuentra sumidos en otro aquelarre político e institucional. Esos intríngulis típicos que plantean preguntas básicas para un grupo humano que dice ser nación.En cada tsunami político argentino, subyace en realidad el mismo problema de fondo: la duda sobre la gobernabilidad.Había dudas sobre cómo se comportaría el kirchnerismo en un contexto de debilidad política. Sobre todo cuando tomó nota de la pérdida del control del Congreso.Dos hipótesis se perfilaron nítidamente: o el gobierno, por la fuerza de las circunstancias, se avenía a coparticipar el poder con la oposición, en el ámbito parlamentario, o se radicalizaba del todo.La primera opción era aconsejada por políticos salidos del propio riñón kirchnerista, como Alberto Fernández, que venía insistiendo en la pérdida de olfato político de los K.Para el ex jefe de gabinete la derrota electoral de junio del año pasado tuvo un mensaje inequívoco de la sociedad: un reclamo por consenso y normalidad institucional.Pero fiel a su concepción facciosa del poder, a su arrogancia innata, propias de la mentalidad jacobina, el poder K se ensimismó. Empezó a actuar como quien dice: "Ya no tengo nada que perder".Con el razonamiento típico de las vanguardias iluminadas, que se arrogan la autoconciencia popular, que creen conocer más los intereses de la sociedad que ella misma, decretó que todo el mundo estaba equivocado.Para hacer semejante operación mental -un caso de negación de la realidad, diría un psicoanalista- se echa mano de la teoría conspirativa. Es decir, victimizarse diciendo que hay fuerzas ocultas acechando tras bambalinas.Esta concepción mesiánica era propia de los grupos que en la Argentina, allá por los '70, querían "tomar el cielo por asalto". Eran minorías dominantes que atacaban con furia a la "democracia burguesa".La realidad es que vastos sectores de la clase política vernácula no han evolucionado, como sí lo ha hecho la propia sociedad. Siguen pensando la realidad con las anteojeras ideológicas de la Guerra Fría.Por eso se descolocan en un sistema democrático y republicano donde el ejercicio del poder no es un monólogo ni el arte del disciplinamiento, sino diálogo y consenso.¿Cuál es la fórmula para desactivar esta cultura política, a esta altura reaccionaria? La dio hace poco un insospechado 'enemigo' ideológico, alguien de la izquierda, como es el ex presidente chileno Ricardo Lagos.Preguntado sobre qué significa ser progresista a 20 años de la caída del Muro, Lagos respondió: "Ser socialista hoy es creer en una sociedad a imagen y semejanza de lo que quieren los ciudadanos".A decir verdad, una impecable definición aprovechable en estas playas para cualquier arco ideológico, incluida la derecha cavernícola. En buen romance, Lagos pone primero el deseo de los ciudadanos por sobre el de las élites.El día que la política criolla aprenda esto, el poder en la Argentina se habrá reconciliado con la sociedad. Una condición necesaria para garantizar la gobernabilidad.
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