Daños autoinfligidos y sapos ideológicos
La sensación de que el país da para más pero él mismo, o quienes lo dirigen, lo estropean todo, es palpable. "Estamos frente a una oportunidad; no la desaprovechemos", es una advertencia harto escuchada entre nosotros.Ese misterio insondable que es la Argentina invita a pensar, a veces, que se deleita en su fracaso. ¿Acaso los argentinos tenemos el vicio secreto de propinarnos derrotas y disfrutar con ello?La psicología hace tiempo descubrió que se puede hallar goce y complacencia en el sufrimiento propio. Es una erótica algo perversa sentirse secretamente atraído a la auto-negación.¿Acaso hay países masoquistas que encuentran en el auto-flagelamiento una cierta voluptuosidad? ¿Es la Argentina uno de ellos, es decir una sociedad que goza, secretamente, mediante los ardores de la negación?Entre los extranjeros casi no hay dudas. "Ustedes son pobres, porque quieren serlo", nos enrostran. Pero nosotros hemos de algún modo glorificado nuestro infortunio. Somos expertos, por ejemplo, en echarle la culpa al mundo de nuestros males.Buscamos que nos compadezcan y a la vez auto-compadecernos. Nos gusta hacer el papel de víctimas. Pero afuera no nos creen. Les sublevan nuestras quejas, porque ven en ellas una neurosis imperdonable.Podríamos estar mejor, e incluso ser un gran país, pero no: nuestro destino es malograr tanta potencialidad. Es como si hubiésemos adoptado la filosofía del no-ser.Es una especie de grandeza al revés. Somos especialistas en empobrecer a un país rico, maravillosamente dotado. ¡No cualquiera, eh! ¡Quién como nosotros, entonces, en el arte de la autodestrucción!Otra sería la suerte de Argentina si toda la energía e imaginación que se pone en malograrla, se la volcara en engrandecerla. Aunque la dirigencia argentina no nace de un repollo, pues surge de esta sociedad, está clara su responsabilidad en la historia.Por lo pronto nos sigue vendiendo todo tipo de sapos ideológicos, para disfrazar su impostura, su falta de patriotismo, su egoísmo sectario, su innobleza espiritual, su cortedad de miras, sus picardías criollas y mentiras, su irrefrenable apetencia por usufructuar del poder.Hoy asistimos a la última de las operaciones ideológicas. En nombre del progresismo, quienes gobiernan castigan con inflación a los sectores populares, ensanchan la brecha entre ricos y pobres, estatizan para entregar las empresas a sus amigos, y persisten en un modelo unitario de concentración de los recursos en desmedro del interior.En tanto la mentada reforma política para mejorar la calidad institucional, voceada en época de campaña electoral, fue congelada. El kirchnerismo, así, se abrazó "con las corporaciones más añejas y recalcitrantes, como los barones del conurbano, los burócratas sindicales y los jerarcas del fútbol", al decir del periodista Jorge Fernández Díaz.La presunción de que la dirigencia hace ideologismo barato para encubrir intenciones inconfesadas, en interés sólo de sí misma, la he hecho decir hace poco al filósofo Thomas Abraham que "estamos viviendo tiempos de estafas ideológicas".¿Las estatizaciones kirchneristas, se pregunta, le sirven al país? El chantaje ideológico está servido: el progresismo tiene la idea angelical de que el Estado equivale a la sociedad. Pero aquí y ahora estatizar no es socializar sino privatizar, contesta.¿Cómo? "No, están privatizando. Porque la privatización no es únicamente hacer privado un servicio público, sino también apropiarse privadamente de los dineros públicos", dice Abraham.El engaño ideológico es funcional a la vocación vernácula por el auto-daño.
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