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China | Economía | Luis Castillo

De conquistas y conquistadores

Hay quienes aseguran, no sin razón que, a veces, no se puede elegir entre lo bueno y lo malo, sino apenas entre lo malo y lo peor.

Fue Napoleón Bonaparte quien, ya hace más de 200 años, dijo una frase que, como suele suceder con expresiones emanadas de mentes adelantadas a su época, fue blanco de las más disparatadas interpretaciones sin descartar, incluso, la burla. El auto proclamado emperador sentenció: “Cuando China despierte el mundo temblará”. Quizás, aunque haya quienes no se hayan dado cuenta aún, el mundo ya empezó a hacerlo. Mientras tanto, muchos ya no se preguntan si es posible que Estados Unidos pierda la hegemonía del mundo en manos de China sino…cuándo sucederá esto.

Repasar algunos números puede ayudarnos a ubicarnos en este juego de ajedrez con piezas de azúcar que es la geopolítica. A nivel económico, por ejemplo, podemos ver con asombro y no sin cierta envidia —confesémoslo—, que el gigante asiático cerró el primer trimestre de este año 2021 con un crecimiento del 18,3% respecto del 2020, el crecimiento porcentual más grande desde hace 30 años, cuando comenzaron a medirse estos datos.

A partir de allí, otros parámetros parecen más fáciles de entenderse. Nadie puede negar la proverbial capacidad de negociación china tanto desde lo comercial como desde la diplomacia (si es que hubiera diferencias que no sean apenas matices). En ese sentido, baste como ejemplo que hace pocos días la canciller alemana, Ángela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, mantuvieron una cumbre on line con el presidente chino, Xi Jiping. El objetivo de la misma era consolidar el acuerdo de inversiones acordado con la Unión Europea el año pasado; sin embargo, con la excusa de tocar el tema del cambio climático, el presidente chino acabó vendiendo “un ambiente empresarial justo y no discriminatorio” para las empresas europeas en su país. Después hablan de los fenicios.

En este planeta azotado por la pandemia si alguien parece haber salido fortalecido (aún sin que haya concluido la misma y se sepa con certeza su final) sin dudas es China. Y es que, como aseguran algunos analistas que observan asombrados el desarrollo del juego geopolítico: “A diferencia de la extinta URSS que intentó arrebatarle el trono a Estados Unidos, las autoridades chinas no quieren exportar el comunismo al resto del mundo. Ni se les pasa por la cabeza. No les hace falta. Solo quieren establecer unas conexiones que les permita liderar la economía mundial”. Nada más que eso, dirá usted mientras hace sonar la bombilla del mate.

Una frase que una y otra vez repetía Deng Xiaoping, el gran protagonista del aperturismo económico chino en la era post Mao era: “Esconder la fuerza y aguardar el momento”. “China debe permanecer en un segundo plano en el escenario global”, afirmaba con sabiduría y aplomo oriental, mientras el país luchaba por salir de la pobreza y la hambruna tras 10 años de “Revolución Cultural”. Pues bien, el tiempo de espera parece haberse agotado según el actual —y parece que por muchos, muchos, años más— presidente Xi Jinping. El momento de dejar el segundo plano y ocupar en centro del escenario mundial, según él, ha llegado. Y no lo oculta ni proclama con eufemismos; en su discurso ante el XIX Congreso Nacional del Partido Comunista en octubre de 2020, al renovar su mandato por otros cinco años, Xi anunció la meta de convertir su país en “un líder global en cuanto a fortaleza nacional e influencia internacional” para 2050. ¿Clarito no?

La fecha no es casualidad sino que está relacionada con factores demográficos que no es el momento de analizar ahora, lo que me interesa remarcar en estas breves reflexiones es el hecho de que debido a factores tanto externos (pérdida de la hegemonía global de Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea) como internos: desde los tiempos de Mao nunca un líder chino había contado con tanto poder ni adhesión popular. Y nunca su poder económico había sido tal.

La principal estrategia es la inversión en el extranjero. Tan sencillo como tener dinero y prestarlo a un mundo ávido de éste, pero, a diferencia de Estados Unidos, “El único valor político que China exporta es el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países. Es atractivo para los Gobiernos, acostumbrados a las exigencias occidentales de reformas políticas y económicas a cambio de ayuda financiera”. Como muestra del éxito de esta política podemos ver que, solo en América Latina ya ha concedido más créditos que el Banco Interamericano de Desarrollo y, el año pasado, invirtió 120.000 millones de dólares en 6.236 compañías de 174 países. Ellos prestan dinero no a cambio de reformas económicas sino con la sola garantía de bienes del país deudor. Tierras, lagos, minas, chucherías, bah.

Por otra parte, mientras los países, agradecidos y solidarios, abren sus puertas al comercio, “El siglo XXI está viendo cómo el inmenso ejercito laboral de reserva chino ha ido poco a poco encontraron trabajo “semi- esclavo” sin libertad ni sindicatos del que se aprovechó el oportunismo voraz del capitalismo occidental más salvaje” refiere María Lorca Susino, y remata “China se está armando, acumula materias estratégicas vitales para la evolución tecnología del siglo XXI y aluniza con la sonda “Chang’e-4” en la cara oculta de la luna rica en helio-3. El occidente democrático cuenta con élites que juegan, en clubs privados, a crear gobiernos en la sombra mientras que China se adelanta, discretamente, entronizando al presidente del Partido Comunista chino, a modo de emperador a perpetuidad, siguiendo su larga historia dinástica del que el partido comunista se considera heredero”.

En la lucha por el poder no hay amigos ni enemigos, solo aliados circunstanciales. Intercambiables y descartables. Diferentes estrategias, igual objetivo: el poder global, la sumisión (bajo diferentes rostros). El costo, de uno u otro modo, sigue siendo el mismo, la libertad. La cuestión no es si los que quieren el mundo son chinos, rusos o norteamericanos; en definitiva el problema, es el hombre (y las mujeres, y las personas no binarias, para no dejar a nadie afuera). Nosotros. Ya lo decía sabiamente Hobbes: “Homo homini lupus”, "El hombre es un lobo para el hombre". Desconozco su traducción al chino mandarín. Pero quizás sea hora de ir buscándola, ¿vio?

*Escritor, Médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos.

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