Editorial |

Decirle a la multitud lo que quiere escuchar

El abecé de la demagogia consiste en adular al público o a la masa, halagando sus inclinaciones o prometiéndole el paraíso en la tierra. El demagogo, así, es aquel que "dice lo que la gente quiere escuchar".

Los políticos caerían en actitud demagógica cuando para conquistar el favor popular hacen promesas que saben falsas o inalcanzables. ¿Acaso la democracia, que necesita del apoyo de la mayoría, es demagógica por definición?

Hay quienes creen que la política en democracia no equivale necesariamente a demagogia, señalando que hay una diferencia entre conectar con el público votante y decirle lo que quiere escuchar.

“Hay que explicarle a la gente la verdad”, rezan aquellos que sostienen que es posible, aún en campaña electoral, hablarle a la gente sin fingimiento ni cinismo, sino con sinceridad.

Pero hay una larga tradición que postula que el poder no se construye con posturas éticas, por la sencilla razón que la masa de votantes no quiere escuchar malas noticias sino cosas agradables.

“Los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar”, dice Nicolás Maquiavelo (1469-1525), al dejar sentado que la manipulación política no sólo es posible sino deseable.

El padre de la ciencia política moderna, el célebre autor “El Príncipe”, se preocupa por aconsejar a los gobernantes acerca de la importancia de lo que piensa el “vulgo”, aquellos que se “guían por las apariencias”, para ajustarse a su deseo.

Esta postura recuerda la tesis del filósofo de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, para quien “no es que las personas se traguen el cuento, como se suele decir (…) es que desean que les engañen”.

Para los filósofos griegos Platón y Aristóteles, el demagogo hace uso de un estilo engañoso e irresponsable de ejercer el poder o de hacer política, que promete a los pueblos el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina.

El profesor italiano Norberto Bobbio sostiene que “en la historia de las doctrinas políticas se considera que fue Aristóteles quien especificó y definió por primera vez la demagogia señalándola como la forma corrupta o degenerada de la democracia”.

Y anota que el filósofo griego definió al demagogo como el “adulador del pueblo”. De hecho Aristóteles (384-322 a.C.) receló siempre de la democracia, entre otras razones, porque le parecía muy peligrosa para la paz pública la división y el enfrentamiento entre ricos y pobres que ella solía producir.

En tanto el filósofo de la Ilustración Charles Montesquieu comentó que cuando una democracia está dirigida por personas mediocres el peligro de que degenere en demagogia es inminente.

El politólogo Rodrigo Borja, por su lado, enseña que el “discurso” demagógico “es el que ofrece lo que no podrá cumplirse, el que alienta infundadas esperanzas, halaga las pasiones de la multitud, juega con sus anhelos y exacerba sus conductas irracionales”.

La demagogia, según esta autor, remite a la oferta de soluciones mágicas, genera en los pueblos la “inflación” de la ilusión, en línea con lo que más se desea.

“Llámase demagogo, por consiguiente, al político que con zalamerías y afectación adula a la masa y le dice sólo lo que ella quiere escuchar”, refiere Borja, para quien el demagogo es diestro en las artes de la oratoria patriotera y hueca.

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