Defender el Estado de Derecho y la tolerancia
Los bloqueos que afectaron la distribución de dos diarios (Clarín y La Nación), que cercenan la libertad de expresión, se inscriben dentro de un rosario de conductas que aleja a los argentinos de la ley, al tiempo que exacerba la intolerancia.Aquí no interesa la discrepancia que uno pueda tener con la línea editorial de un matutino, o con la empresa que lo edita. Lo grave es impedir la salida de un diario, porque esto afecta el derecho a expresarse.El desatino es mayor cuando se piensa que, al atacar a los diarios, se hace lo mismo con sus lectores, que son quienes los compran. ¿No tienen ellos derecho a elegir qué leer?Al que no le guste Clarín o La Nación, tiene la libertad de no adquirirlos. Así funcionan las sociedades plurales que toleran un amplio espectro de opiniones políticas.Manifestaciones coercitivas y violentas que rompan este equilibrio colocan al país más cerca del totalitarismo que del Estado de Derecho, que en teoría el país adoptó desde 1983, dejando atrás la dictadura.¿Se trató de un conflicto gremial? En ese caso, el sistema prevé los medios judiciales para solucionarlo. ¿Es cierto que en este caso hubo fallos judiciales que no fueron acatados? Si esto es así, hay razones para estar preocupados.¿Hay complicidad del gobierno en la movida? Difícil de dilucidar. Una cosa es cierta: la tensión entre el poder político y la prensa es tan vieja como la democracia. Pero hay consenso en Occidente acerca de que es preferible un régimen de libertad de prensa a uno de censura estatal.El presidente del Uruguay, José Mujica, dijo no hace mucho que un mandatario debe "soportar" la crítica periodística, aunque a veces lo ofusquen algunas notas.La prensa "es un mal absolutamente necesario, imprescindible, por eso no hay que andar toqueteándola, pero que calienta, calienta, sobre todo cuando dice bolazos", graficó con su estilo el mandatario uruguayo.Aunque se sostenga que el bloqueo a los diarios haya sido la más grave agresión al periodismo libre desde 1983, conviene poner el episodio en contexto.Las cosas no ocurren porque sí. La vida social argentina se desarrolla dentro de una matriz cultural. En este sentido, empalma con una larga tradición de autoritarismo y es poco tolerante de las diferencias.El sistema de creencias al cual recurrimos los argentinos para resolver nuestros problemas, no abreva justamente en la ley y el derecho, sino en la cultura del apriete y la patota.Es lo que los sociólogos llaman "anomia", vivir por fuera de la norma. Así no sorprenden la toma de colegios y fábricas, los bloqueos de todo tipo, la inseguridad creciente, la violencia verbal en el discurso público, los escraches, las usurpaciones de terrenos, y el deporte nacional de sacar a la gente a la calle para demostrar poder.La lógica de la imposición y la arbitrariedad, motorizada por personas o grupos, goza de más predicamento que el imperio de la ley. Es la misma lógica de los totalitarismos, que se arrogan el ejercicio de un poder absoluto.Existen totalitarismos de derecha e izquierda. Casualmente ambos coinciden en: ausencia de libertad y cercenamiento de los derechos individuales, persecución de la disidencia, censura de la prensa, intolerancia y abominación del pluralismo.¿Hay límites a la arbitrariedad, al dominio del más fuerte? A propósito la civilización ha descubierto un antídoto, un remedio anti-totalitario. Es una idea moral, edificada sobre el concepto de dignidad de las personas. En el plano político, esa idea se llama "Estado de Derecho", en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres.
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