Del dicho al hecho
El mensaje del gobernador Sergio Urribarri, en la apertura del 131° período de sesiones de la legislatura, reinstala la distancia que suele existir entre las palabras y las cosas.Si la política tiene alguna razón de ser es porque está llamada a las realizaciones. Por eso su órbita propia es la voluntad. Y a los políticos y a los gobiernos se los debe juzgar no por lo que dicen, sino por lo que hacen.El discurso de un gobernante, en este sentido, debe ser confrontado ineludiblemente con lo que ha hecho hasta acá y con lo que piensa hacer, desde el punto de vista de la acción concreta, para concretar esos enunciados.Es difícil no estar de acuerdo con el gobernador cuando enfoca teóricamente la importancia de la educación de calidad y el desarrollo de la economía entrerriana, como lo expresó en la legislatura.Algunas expresiones suyas contra ciertos vicios de la política, además, merecen ser rescatadas. Por ejemplo aquella de que "la política debe abrir la cabeza", dando por sentado que ella la tiene cerrada.Hay un párrafo del discurso de Urribarri, en este sentido, que no debiera pasar desapercibido. Es cuando cuestiona el sobredimensionamiento del Estado, inculpando a la vez a la política y quienes la ejercen de ser funcionales a este fenómeno."Si la política sigue enfrascada en lo estatal y en lo gubernamental, si la política sigue en esta confusión de provincia igual a Estado, las cosas tenderán a estar siempre muy por debajo de sus potencialidades", dijo.¿A qué lleva la creencia de que el Estado lo es todo? Urribarri, por lo visto, tiene clara la distinción entre la burocracia y la sociedad. No parece participar del ilusionismo socializante de que el bienestar de las personas pasa por el monopolio estatal.Ve claro, así, que "el Estado no debe condicionar a la provincia", al considerar que la responsabilidad del sector público es producir las condiciones necesarias para que se despliegue la generación de riqueza."Debe ayudar al desarrollo de su potencialidad cumpliendo mejor su rol de productor de servicios públicos y de inductor del crecimiento económico con justicia social", se explayó.Estamos de acuerdo con esta visión del rol del Estado inductor. También con el concepto de que hay que dejar a los particulares -productores, empresas y demás- el papel de producir riqueza.Pero sobre todo compartimos el diagnóstico esbozado por el primer mandatario para Entre Ríos. Hemos dicho desde esta columna que la provincia mostraba un perfil de "mucha burocracia y poco desarrollo".Nos alegra coincidir con el gobernador en este punto. Ahora bien, una cosa es la teoría y otra la práctica. Como dice el refrán, "del dicho al hecho hay mucho trecho".En política las intenciones poco cuentan. La pregunta que debemos hacernos, al respecto, es, ¿qué ha hecho o hace el gobierno de Urribarri para romper el círculo vicioso de 'burocratización + subdesarrollo'?¿Acaso el Estado entrerriano ha dejado de ser la "agencia de colocaciones" que ha sido en las últimas décadas? Pero hay algo más decisivo: ¿cómo se puede aspirar al desarrollo si la renta de la economía entrerriana se fuga mediante el sistema fiscal unitario, en virtud del cual la plusvalía provincial ha quedado encadenada al mítico Puerto, es decir al bolsillo del poder con sede en la Casa Rosada?Habrá que recordarle al gobernador, tan preocupado por el desarrollo productivo de Entre Ríos, que sin renta no hay ahorro. Que sin ahorro no hay inversión productiva. Y sin inversión productiva no hay empleo.Habrá que recordarle, también, que la hipertrofia del Estado entrerriano -esto de dar empleos públicos a troche y moche- es un emergente de la histórica subordinación fiscal a que ha sido sometida Entre Ríos, como el resto de las provincias, ante el poder central.
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