Deporte, entre el mito y la realidad
El deporte es sin dudas una práctica que exige altos valores humanos, como el dominio de sí y la disciplina. Aunque su exacerbación como espectáculo adquiere la forma de una droga de masas. La resonancia mundial de los eventos como los campeonatos de fútbol y los juegos olímpicos, revela la importancia que ha adquirido el deporte. Las proezas de los protagonistas de estas competiciones son reconocidas, al punto que muchos de ellos son idolatrados por el gran público.Aunque este interés global es mirado con lógica desconfianza por aquellos observadores que ven que la exaltación del deporte se hace muchas veces a expensas de otras realidades culturales, como la literatura, el arte o la ciencia.El escritor Mario Vargas Llosa, por caso, coloca al deporte dentro de la civilización del espectáculo. Es decir en un mundo donde el primer lugar en la tabla de los valores vigentes lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal.Ahora bien, esto no significa desconocer el valor humano del deporte, al cual los griegos de la antigüedad consideraron parte esencial de la educación. Para ellos, la perfección humana se logra cuando se alcanza una mente sana en un cuerpo también sano.Visto desde este punto de vista, el deporte aparece como un medio de primer nivel en la formación de los individuos. Su práctica exige algunas virtudes, como dominio de sí, rigor, disciplina y lealtad.Además, la competición deportiva excluye el fraude y en este sentido aparece como una escuela de verdad. Y esto porque la marca, el cronómetro, el peso del disco o de las pesas eliminan de antemano toda posibilidad de engaño.Salvo excepciones, aquí la victoria es infaliblemente para el mejor. Y esto, a decir verdad, está lejos de suceder en las otras competiciones sociales, como en la batalla electoral o la carrera por los honores.Se ha dicho que un político pude fingir sus méritos y escalar hasta la cima del poder utilizando artimañas varias, aunque después se revele no estar a la altura de ese encumbramiento, desde el punto de vista moral e intelectual.En un deportista, en cambio, la verdad y lo verificable son una misma cosa: el éxito es producto del mérito del que lo practica. El triunfo deportivo suele recompensar el esfuerzo y destreza del competidor.Por otro lado la cultura del deporte aparece como un antídoto en un contexto de crisis de valores, en el cual la juventud actual no encuentra referencias claras, objetivos transparente y metas positivas.Hacer deporte, además, contrarresta algunas tendencias contemporáneas asociadas a la adicción a las drogas, el sedentarismo, la abulia, los problemas escolares, el fantasma de una adolescencia descontrolada.Como sea, es posible hallar algo inquietante en la exagerada afición hacia el deporte, sobre todo en su dimensión representacional. En este sentido, una cosa es el deporte-ejercicio y otra es lo que buscan los fanáticos del deporte-espectáculo. Ese fanatismo de masas podría estar revelando un declive cultural, porque aquí los eventos deportivos, que son exaltados por los titulares de los periódicos y las emisiones televisivas, actúan como grandes dispositivos de entretenimiento (o de alienación).Hay razones para pensar que en este aspecto el espectáculo (que primero es un negocio que mueve cifras millonarias) absorbe la realidad, de suerte que el deporte parece ser una religión que tiene muchos creyentes y muy pocos practicantes.
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