COLUMNA DE OPINIÓN
Día del Escritor: No habrá sino recuerdos…
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¿Te preguntaste alguna vez por qué escribe un escritor? Las condiciones no parecen demasiado seductoras. No hay tope de horarios, vacaciones ni aguinaldo. Su trabajo queda expuesto a la evaluación constante de editores y críticos, y con frecuencia se le exige excelencia profesional en un contexto de precariedad que muchas veces se acepta como algo natural.
Tampoco resulta convincente la idea romántica de la trascendencia. Pensar que un nombre quedará grabado para siempre en la memoria colectiva es una ilusión que, rara vez, encuentra sustento en la realidad. Tal vez una respuesta más razonable apunte a la existencia de un público lector amplio y apasionado. Después de todo, en el mes de mayo, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires celebró su 50° aniversario con una cifra récord de un millón y medio de visitantes.
Sin embargo, los números vuelven a interpelarnos. La actual industria editorial argentina atraviesa una encrucijada. En la década de 1970 el país era el gran exportador de libros de Latinoamérica. Cerca del 80% de los ejemplares que España importaba llevaban la inscripción “Made in Argentina”. Hoy, con el doble de población, se publica la misma cantidad de libros que hace cincuenta años.
Entonces, ¿qué impulsa a alguien a sentarse frente a una página en blanco?
La persistencia de los escritores no es un milagro. Es el resultado de una herencia cultural profunda que sostiene, generación tras generación, los hábitos de la lectura y la escritura. Una herencia compuesta por rasgos espirituales, materiales e intelectuales que dan identidad a una comunidad. Allí conviven modos de vida, creencias, tradiciones, valores, expresiones artísticas y conocimientos compartidos. Todo aquello que recibimos de quienes nos precedieron y que, a su vez, transmitimos.
Leer y escribir estimulan el cerebro, amplían el vocabulario y fortalecen la concentración. Pero su aporte más valioso quizás sea otro, desarrollan el pensamiento crítico. Nos enseñan a formular preguntas, a revisar certezas, a fundamentar opiniones y a comprender las de los demás. Aprendemos a decidir qué queremos hacer, cómo hacerlo, para qué y junto a quiénes.
La lengua, el discurso y las prácticas lectoras no deberían ser simples herramientas académicas. Son instrumentos fundamentales para ejercer la ciudadanía. Participamos de una sociedad democrática en la medida en que podemos discernir, argumentar, expresar acuerdos y desacuerdos, defender ideas y escuchar las ajenas. Cuanto más capaces somos de nombrar el mundo, más capaces somos también de transformarlo.
Quizás por eso, en las ciudades del interior, todos llevamos un pequeño escritor escondido en algún rincón. Nos tienta abrir un cuaderno y dejar por escrito aquella travesura de gurises que todavía nos hace sonreír. Queremos conservar la historia del abuelo que llegó en el vapor Luna o rescatar el eco del último tren que se detuvo en la estación. Memorizamos versos de Agustina Pastora Andrade o Gervasio Méndez y los repetimos para que sigan vivos. Resucitamos leyendas como la solapa o recuperamos relatos ancestrales nacidos junto al Arroyo El Cura, alrededor de un fogón, cuando la noche invitaba a contar historias.
Y a veces damos un paso más. Nos animamos a entrar a un taller literario con el temor natural de quien se expone por primera vez. Allí aparecen otros que también cargan recuerdos, preguntas, alegrías y heridas. Descubrimos que escribir no siempre es un acto solitario. Nos leemos, intercambiamos ideas, aprendemos juntos. Crecemos. Nos reconocemos en las palabras de los demás y comprendemos que aquello que creíamos exclusivamente nuestro, también forma parte de una experiencia compartida.
Volviendo a la pregunta inicial, podría decirse que el escritor escribe porque no tiene más remedio. Porque existe en él un impulso de nombrar lo que ama, lo que pierde, lo que teme y lo que sueña. Escribe para comprenderse y para comprender a los otros. Escribe para preservar una memoria que, de otro modo, correría el riesgo de desaparecer. Como dijo Jorge Luis Borges en su poema Despedida, hace más de un siglo, “No habrá sino recuerdos…”
En definitiva, escribe porque sabe que cada historia contada es una forma de vencer al olvido. Y porque mientras exista alguien dispuesto a leer, habrá también alguien dispuesto a sentarse frente a una hoja en blanco para seguir contando quiénes somos.

