Editorial |

Diciembre, entre balances y significativas celebraciones

El duodécimo y último mes del año es una época de especial significado. Es un tiempo de autoanálisis y de reuniones familiares en torno a fuertes celebraciones.

Diciembre es un término latino que significa “diez” (“decem”). El décimo, justamente, era el puesto que ocupaba este mes en el antiguo calendario romano, el primer sistema para dividir el tiempo en la Antigua Roma, y empezaba en marzo.

Con el cristianismo, este mes pasó a ser el duodécimo (doce) del nuevo calendario gregoriano, que el papa Gregorio XIII promulgó por medio de la bula Inter Gravissimas, y que está vigente al día de hoy.

Este mes está asociado al acontecimiento más grande y significativo de la cristiandad, ya que el día 25 se celebra el nacimiento del Niño Dios, fiesta que se conoce como Navidad.

Pero también muchos no creyentes de todo el planeta festejan ese día con una solemnidad especial, repleta de simbolismos y tradiciones que, con el correr de los años, fueron tomando carácter universal.

Esto se echa de ver en los rituales que se fueron adosando con el correr de los años a esta celebración (el arbolito de Navidad, la figura de Papá Noel trayendo obsequios a toda la familia, los adornos con muérdago, las tarjetas de felicitación que se intercambian en estas fechas, entre otras cosas), que aportan el factor pintoresco a la fiesta.

Diciembre es el mes de las “fiestas de fin de año”, ya que además de la Navidad en todo el mundo el día 31 se celebra el pasaje del año “viejo” al nuevo, un ritual que se repite desde antiguo.

Se trata de dos momentos importantes en los cuales la gente se saluda y las familias aprovechan para reunirse, alrededor de una mesa, circunstancias que suelen reforzar los vínculos humanos.

Aparece en esta época también el momento del balance, en que las personas se interrogan sobre cómo les ha ido durante el año y sobre el estilo de vida elegido. Ahí se evalúa si los cambios que cada quien pretendió hacer se concretaron o no. En estos exámenes suelen aparecer objetivos no cumplidos, causando así malestar psicológico.

Por otro lado, están las cuestiones afectivas, ligadas a vínculos familiares. Pueden ocurrir experiencias gratificantes, porque la gente se reconecta con otros, pero también pueden surgir sentimientos de angustia, ya que en las fiestas suelen renacer heridas por las pérdidas (seres queridos que ya no están o amigos que dejaron de serlo).

Esta época, en tanto, suele conectar cuestiones ancestrales vinculadas a la infancia, al remitir al recuerdo de fiestas pasadas, disparando así la nostalgia y la melancolía.

Pero es como un tiempo primordial que ya no se puede recrear, en el cual afloran sensaciones que nunca más volverán. En este sentido, algunas personas se deprimen en esta época del año, y en lugar de abrirse hacia los otros se retraen a su ámbito privado.

A veces las celebraciones puedes convertirse en una ocasión para aumentar las desavenencias o los desencuentros. El hecho de tener que decidir con quiénes se pasarán las fiestas, puede llevar a grandes desacuerdo entre los miembros de la familia. La perspectiva de encontrarse con gente con la que se arrastran problemas de relación, le agrega dramatismo a esas reuniones.

Los psicólogos advierten que diciembre puede ser muy estresante. Ya que el estado de ánimo que caracteriza a la antesala de las fiestas, suele estar alterado por el hecho de que se siente el peso del año, que hace que el cuerpo y la mente muestren signos de agotamiento.

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