Editorial |

Dime qué comes y te diré qué sientes

Desde antiguo se sabe que la alimentación es más que cubrir una necesidad fisiológica elemental: incide y mucho en nuestros estados de ánimo.   La psicología moderna ha abundado en la temática según la cual nuestras emociones tienen un efecto poderoso sobre nuestra elección de los alimentos. Se ha observado, por ejemplo, que la vergüenza y la culpa pueden tener incidencia negativa en la dieta. Pero en la actualidad se insiste que también existe una relación inversa: no sólo cómo sentimos afecta nuestra forma de comer, sino que lo que comemos afecta lo que sentimos. Montse Bradford, nutricionista especializada en alimentación energética, postula que existe una causa-efecto entre lo que ingerimos y cómo nos sentimos después. “Lo que pensamos genera emociones, pero también lo que comemos”, refiere. Su reflexión es la que sigue: “Si tomo un vaso de agua o de whisky mis emociones serán muy distintas. ¿Y por qué generarán distintas emociones? Porque atacarán a diferentes órganos. Si yo ingiero alimentos que me bloquean el hígado, o la vesícula biliar, tendré emociones de ira, cólera, agresividad, impaciencia… porque cada órgano, dependiendo de si funciona bien o mal, genera unas u otras emociones”. En su libro “La alimentación y las emociones” Bradford sugiere que a través de la comida podemos generar nuestro propio estado de ánimo. Dice que hay alimentos que generan una sangre ácida, con la que construimos estrés, enfermedad y desequilibrio. En tanto que los alimentos que alcalinizan la sangre, aportan energía, vitalidad y salud. Hay alimentos con energía yin (chocolate, alcohol, estimulantes, azúcares, levaduras artificiales, etc.) que conducen a la hipersensibilidad, mientras que hay otros, con energía yang (carne, jamón, embutidos, huevos, etc.) que nos ponen tensos y coléricos. “El alcohol, los vinagres, los estimulantes, todos ellos estimulan al sistema nervioso generando una energía falsa. Cuando una persona, a media tarde, se siente fatigada, busca ingerir café, chocolate, beber una gaseosa, en definitiva, generar una energía que no tiene”, dijo Bradford en diálogo con la prensa. En realidad los postulados de Bradford, respecto de que la comida induce las emociones, es algo que sabía la medicina antigua de muchos pueblos. Los griegos, por ejemplo, tenían claro que con respecto al físico la clave residía en una dieta sana. Se atribuye a Hipócrates de Cos, considerado el padre de la medicina, esta impactante frase: “Deja que la comida sea tu medicina y la medicina, tu comida”. En un texto griego antiguo, perteneciente a la escuela hipocrática, se sostiene que el problema no estriba en lo que el hombre es de por sí, sino en “lo que es en relación con lo que come y bebe y a cómo vive y a los efectos que todo esto produce en él”. Ahora se sabe que los hábitos alimentarios, la frecuencia de la ingesta y la calidad de los productos que se consumen tienen indudable impacto en aquella zona de la personalidad donde residen la afectividad y el pensamiento. Está comprobado, por ejemplo, que una dieta estricta puede estropear el carácter de una persona. Comer poco puede acarrear fastidio y malhumor. Por el contrario, el exceso rompe también el equilibrio, influyendo negativamente en el plano anímico. Quien tiene un vínculo adictivo con la comida, y emprende un plan contra el mismo, puede caer en una inquietud permanente. En tanto, algunos estudios revelan que las personas que consumen más grasas trans son propensas a mostrar conductas negativas como impaciencia, irritabilidad y agresividad.

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