Dolarizados, historia de una pasión argentina
Los inversores locales siguen apostando al dólar. La huida a la divisa bordearía los 17.000 millones durante 2011, según las consultoras.Luego de tantos años de inflación, muchos argentinos se han acostumbrado a pensar el largo plazo en dólares. La demanda furiosa del billete norteamericano en otra época precedía las tormentas.Como ocurrió en los últimos días del gobierno de Raúl Alfonsín, cuando el público no quería saber nada con los australes y salía corriendo a comprar billetes con la cara de Benjamin Franklin.Al principio el Banco Central (BCRA) vendió dólares para contener el alza en el tipo de cambio que generaba esa demanda, aunque a costa de las reservas. Hasta que finalmente el BCRA anunció que ya no vendería más dólares para ese menester.La estampida fue fenomenal. La corrida cambiaria y financiera se transformó en incontenible. "Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo", fue la famosa frase que soltó Juan Carlos Pugliese, el entonces ministro de Economía.Luego el tándem Menem-Cavallo adoptó una receta monetaria, la convertibilidad, que en perspectiva podría decirse que acompañó la "dolarización" mental de los argentinos.Y esto porque actuó como un mecanismo que sirvió para convencerlos de que los pesos estaban respaldados por algo en lo que ellos confiaban: la divisa norteamericana.La historia funcionó mientras la ecuación se pudo financiar (con venta de activos de empresas públicas y deuda externa). Hasta que Adolfo Rodríguez Saá anunció el default de la deuda pública.Y luego Eduardo Duhalde junto al ministro Remes Lenicov, allá por el 2002, abandonaron la convertibilidad, dejaron flotar la moneda local, produciendo una megadevaluación.Vino la pesificación de los depósitos, el corralito y la furia de los ahorristas que se consideraron estafados (querían que los bancos les devolvieran los depósitos en dólares).Es interesante hacer notar que en los '90 hubo que fijar una ley como la convertibilidad, para obligar al Banco Central a tener un dólar por cada peso que había en circulación, algo que permitió cambiar las expectativas inflacionarias y devaluatorias del público.No es el caso aquí historiar las desventuras monetarias del argentino. Simplemente se trata de hacer constar su adicción a la divisa foránea. La moneda en que ahorra y realiza transacciones importantes es el dólar.Al peso lo utiliza para las operaciones de menor importancia y no lo considera como un instrumento apto para preservar el valor de sus ahorros. (Acaso sea el ladrillo el otro activo que compita con el dólar como refugio).Estos años el país ha vivido una situación paradójica. El ciclo económico internacional como productor de alimentos es uno de los mejores en décadas. Su producto estrella, la soja, que valía 120 dólares la tonelada en 2001, hoy supera los 500 dólares.Los sojadólares que fluyen a raudales han resuelto una de los cuellos de botella de la economía nacional: la escasez crónica de divisas.En los últimos ocho años, con este aliciente, el país ha logrado pagar deuda y financiar importaciones sin sobresaltos, haciendo que su economía crezca casi en forma ininterrumpida.Sin embargo, esta situación no ha hecho quebrar el amor de los argentinos por los dólares. La fuga hacia el billete verde no ha parado. En lo que va del mandato de Cristina Kirchner sería de 68.000 millones, según algunos cálculos.La cultura dolarizada de los argentinos sigue intacta. De hecho altos funcionarios que demonizan esta práctica exhiben en sus declaraciones juradas suculentos ahorros en billetes verdes.
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