Editorial |

Dolor, el precio que se paga por estar vivo 

Tendemos a pensar que la vida es desagradable porque estamos sujetos al dolor. Aunque pocas veces advertimos que él es una señal de que algo no funciona en nuestro cuerpo. Seguramente nunca llegaremos a comprender por qué sufrimos. ¿Por qué existen la enfermedad y el mal? Esta pregunta interpela a creyentes y a no creyentes. Se nos presenta como una profunda injusticia, por ejemplo, cuando vemos que las tragedias se abaten sobre personas que consideramos que no las merecían. El tema motivó un profundo libro del rabino Harold Kushner, publicado en 1981. Cuando supo que su hijo de tres años moriría a causa de una rara enfermedad, debió enfrentarse al más duro y terrible interrogante de todo ser humano: ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? En el escrito, el rabino expresa su inquietud teológica ante la existencia del dolor: “¿Puedo, de buena fe, continuar enseñándole a la gente que el mundo es bueno y que un Dios bondadoso y afectuoso es responsable de todo lo que sucede en él?”. En una parte del texto Kushner señala que hay historias que nos enfrentan a situaciones en las cuales la ausencia de dolor, aunque resulte paradójico, sería en realidad un verdadero castigo. Al respecto alude a aquellas personas que sufren de una rara enfermedad genética que las condena a no poder percibir el dolor físico y que por esto se lastiman con frecuencia, algunas veces en forma grave, sin saberlo. Conocida como “disautonomía familiar”, esta patología hace que alrededor de 1 de cada 400.000 personas estén predestinadas a vivir una vida complicada que la mayoría no envidiaría. En efecto, los individuos con insensibilidad congénita al dolor no muestran reacción de huida ante estímulos dolorosos. Lo cual los expone todo el tiempo a quemaduras, lesiones graves de huesos por fracturas no percibidas, úlceras en la piel por roce o contacto continuo con superficies abrasivas, entre otros problemas de salud. Ante esta enfermedad nuestra visión del dolor cambia por completo. ¿Quién querría vivir con disautonomía, es decir sin sentir dolor, y estar expuesto de este modo a una vida en constante peligro, sin capacidad para movilizar nuestras defensas ante infinidad de males que atacan nuestro organismo? Empezaríamos a tomar otra conciencia acerca del dolor si nos tomáramos el trabajo de pensar que nuestra vida sería insoportable si no contásemos con esta señal que nos alerta que algo está mal en ese maquina maravillosa y compleja que es nuestro cuerpo. Concluiríamos, así, que el dolor es una parte desagradable pero necesaria para estar vivos. Que es algo que está allí para decirnos que nos estamos excediendo, o que una parte de nuestro organismo no está funcionando como debiera. Kushner dice que los animales sienten el dolor físico tanto como los seres humanos. Sin embargo, aclara, solamente estos últimos pueden hallar un significado al dolor. Al respecto, ejemplifica que no tiene el mismo “sentido” el sufrimiento que acompaña un parto que el que acarrea un cólico renal. Desde el punto de vista humano, el parto es un dolor creativo, que tiene significado, un dolor que da vida, que lleva a algo. Por otro lado, aunque nunca podremos comprender por qué sufrimos, Kushner sostiene que sin embargo podemos llegar a decir mucho acerca de lo que el dolor hace con las personas. Mientras que a algunas las convierte en envidiosas y amargadas, a otras las vuelve más sensibles y compasivas.  

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